domingo, 6 de febrero de 2011

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Exploradores de sí mismos




















El 14 de septiembre de 2005, me encontraba escalando con Pablo y Andrés en Cabo Ortegal, abriendo una nueva vía a la peninsular y extraordinaria aguja de noventa y ocho metros. De silueta regia y misteriosa en las puestas de sol. Cuando hicimos cumbre podían escucharse los ecos que perduraban, una semana después, del festival celta de Ortigueira. Sobre aquella aguja, rodeados por el abismo y abrazado a mis dos compañeros, no pude evitar en un momento volver la mirada al océano y otearlo buscando un velero llamado Jo Ta Ke. Ese barco navegó por estas costas llevando el sueño de surcar todos los mares.
…“Fue rumbo a Portugal cuando sentimos por fin el placer de navegar a todo trapo: tras doblar el cabo Ortegal, en una jornada hicimos trescientos treinta y tres kilómetros con viento en popa. Y al doblar cabo Villano, ya al rumbo 180, sentimos que habíamos despegado definitivamente de nuestra tierra”.




A Santiago González Zunzundegui, Santi, lo llamaban “el loco que construye un velero”, “ignorante” y como él mismo dice “hubo incluso algunos que hicieron apuestas sobre si el barco llegaría a flotar”. Santi dedicó los ratos libres durante cuatro años de su vida a darle forma a un sueño.
Esta historia comenzó en la fábrica de Biscottes Recondo, en Irún, un 7 de Julio, San Fermín, día en el que los locos y los aventurados se sitúan frente a los toros. Ese día comencé, junto a mi socia, a materializar la idea que acariciaba desde hacía años: construir un velero y vivir de una forma diferente de la convencional. Ese día coloqué las tablas del JoTaKe”…
Recuerdo esta historia. La recuerdo con mucha nostalgia. Recuerdo la noticia en los telediarios, viéndola atentamente con mis padres a mis doce años. No recuerdo su comentario, el de Guillermo y Paz que ya se hicieron mayores. Supongo que sería algo parecido a los dichos anteriormente por sus vecinos.


La solapa de un libro, Aventura a toda vela, resume sus vidas. Santiago nació en el pueblo pesquero de Hondarribia. Hombre inquieto, de naturaleza intrépida y muy arraigado a la mar, trabajó como submarinista, diseñador de barcos y en la Empresa Nacional Bazán. Durante años soñó con construir un velero y lanzarse junto a su familia a una aventura sin igual: dar la vuelta al mundo. Así, invirtió todas sus horas libres en construir el JoTaKe, el velero con el que Santi recorrió el mundo en compañía de su esposa y sus hijos en una travesía que duraría diecisiete años.
Mayi Errazkin, esposa de Santiago González, Santi, tiene el título de patrón de yate. Poseedora de un agudo sentido práctico, su aportación devino fundamental para resolver los problemas técnicos y humanos que se fueron presentando durante el viaje, desde la obtención de alimentos hasta las sucesivas reparaciones del velero y la asistencia médica. Asimismo, fue la responsable de los estudios y la educación de sus hijos, Zigor y Urko.
Zigor y Urko eran unos niños de ocho y nueve años cuando iniciaron el viaje. Nunca descuidaron sus estudios y su formación y, tras diecisiete años de navegación, se habían convertido en hombres curtidos por la dureza de la mar, que habían tenido la fortuna de vivir una vida muy distinta a la de otros jóvenes de su edad.




…“El velero sería nuestra casa, nuestro refugio, nuestro medio de transporte y de vida en la aventura que se ocultaba en el horizonte”… En cualquier palabra siempre se refleja esa ansia por el viaje. Ni tan siquiera nombran en el cuaderno de bitácora que nos han dejado a los lectores, el día en el que definitivamente pusieron rumbo a su marcha, no podían pararse en eso tenían prisa por recorrer el mundo. Simplemente una primavera de 1983 se meció por primera vez en los brazos del mar Cantábrico para zarpar hacia su periplo en el verano.

Desde ese momento todo fue distinto, todo lo que habían hecho hasta ahora cambiaba por completo. Dar la vuelta al mundo, viajar, conocer, explorar. Llevarse de la vida instantes felices, momentos peligrosos, experiencias que a Santiago, a Mayi a Zigor y Urko le hicieron ver las cosas de otra manera:


Aprendimos mucho en poco tiempo.
Aprendimos que la vida es muy simple, que no vale la pena complicarla.
Aprendimos a predecir el tiempo por la distinta forma que tienen los cangrejos de hacer sus hoyos en la arena cuando va a llover.
Aprendimos a tener seguridad y confianza en nosotros mismos.
Aprendimos, sobre todo, la gigantesca grandeza de la sencillez
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Hielo

Da cuenta Clint Willis en su libro de relatos de supervivencia de la exploración polar, Hielo, la historia que narra Michael McRae sobre Warren Pearson, con un título que podría resumir lo que ha llevado a algunas personas a crear su propia y peculiar evasión, expedición o experiencia. Una simple búsqueda.
A Santiago González y a Warren Pearson los separaban muchos kilómetros, sin embargo y casi al mismo tiempo, estaban compartiendo una misma inquietud: Huir de una vida cotidiana y saciar su sed de aventura. A ellos no les satisfacía la idea de un viaje que tuviese cierta particularidad, necesitaban algo que los llevase a una vida completamente distinta a partir de una fecha que ellos mismos decidieron. Fueron exactamente cuatro años los mismos que ambos emplearon en preparar su evasión, cuatro años desde el momento en que decidieron sacarla de sus mentes para iniciar su particular expedición, explorar el mundo, un lugar difícil o tal vez explorarse a ellos mismos. Hay una notable diferencia entre los dos: Santiago lo hizo con toda su familia sin duda porque Mayi también llevaba en su interior el mismo anhelo y tal vez haya otra; la familia vasca inició esta búsqueda partiendo de vidas normales, lejos de la fragua en la que se forja un explorador desde edades tempranas, cuando Pearson sin ser un explorador ingénito ya había realizado algún viaje notable.
Warren Pearson tenía 47 años cuando miró hacia atrás para ver lo que era su vida. Fue en 1981, casado con Bárbara, psicóloga y artista, una mujer encantadora y con talento. Él disponía de un buen y respetable trabajo como profesor de biología, una buena casa, que como bien reseña Mc Rae, no era propiedad del banco y además de esto que le concede una notable calidad de vida, algo muy importante, buenos amigos. Sin embargo por su cabeza paseaba un incómodo transeúnte, un apabullante vacío que le hacía ver su vida desperdiciada sin haber hecho algo que realmente le diese sentido a su existencia. Necesitaba comulgar con el planeta sobre el que vivía. Pearson había sufrido un ataque de corazón en 1979, según él provocado por un largo litigio con el colegio en el que trabajaba. Un pleito cuya historia nace años atrás, en 1973, cuando se tomó un período sabático para estudiar salud pública en la Universidad de California y, después de que varios cursos fueran cancelados, decidió sustituir esos estudios por un seminario sobre historia natural en el Amazonas. Vivió una época de grandes aventuras y estímulo intelectual viajando hasta las profundidades de la selva amazónica, con un equipo científico, documentando Pearson la expedición con una cámara profesional Airflex de 16 mm. Empleó diez años para dar por finalizado un documental que no superaba la media hora. Consiguió la aceptación entre sus alumnos pero la universidad que había subvencionado aquel trabajo no lo vio con la misma exaltación, motivo por el cual lo demandaron por el salario sabático de 12.000 dólares. Fue un litigio de seis años, algo kafkiano para Pearson. Fue ese estrés lo que le provocó el ataque cardíaco del que salió como un hombre nuevo:
Las cosas materiales se hicieron menos importantes; fue como si hubiera entrado en una fase espiritual de mi vida. El contacto con una parte de la naturaleza que estaba muriéndose – los bosques tropicales – me conmovió de tal forma que mi perspectiva cambió. Mi atención se dirigió entonces a la Antártida: un lugar de extrema pureza y que, a diferencia del Amazonas, aún no había sido dañado por el hombre”.
Reservó un pasaje en el Lindblad
Explorer para la nochevieja de 1981, viajaría sin su esposa que había planeado otras vacaciones. En la Antártida descubrió ese aire límpido que otorga nitidez en la visión, hasta el punto de acercar a la retina montañas a tan solo media jornada de camino cuando realmente están situadas a muchos kilómetros de distancia. Su interior tuvo que agitarse inquietamente cuando revivió momentos de los viejos exploradores al encontrarse con curiosidades como la comida abandonada en una cabaña utilizada por la expedición de sir Douglas Mawson, comida que debido a la ausencia de bacterias estaba tal y como había sido dejada en 1914.



Douglas Mawson vivió su epopeya en 1911, el mismo año en que Scott emprendía su viaje al Polo Sur. A Warren Pearson nadie le había propuesto participar en una codiciada y reputada expedición como sucedió con Mawson que había sido invitado a unirse al grupo de Scott. Eligió llevar su propia expedición, explorar la Tierra Adelia al oeste de la Plataforma de Hielo de Ross, una labor menos espectacular que la conquista del Polo Sur pero más provechosa geográficamente. Sin embargo el destino es caprichoso y a punto estuvo de correr la misma suerte que el capitán Scott y su grupo. Alejados varios centenares de kilómetros del campamento base, Mawson iba acompañado por dos hombres, Belgarve Ninni, teniente del ejército británico, y el doctor Xavier Mertz, campeón suizo de esquí. Ninni cayó en una grieta en la que literalmente fue tragado junto con la mayor parte de las provisiones. Durante el viaje de regreso los dos exploradores sobrevivieron comiéndose a sus perros, pero para su desgracia comieron en exceso.




El día de Año Nuevo de 1913 mientras atravesaban un glaciar que más tarde se bautizaría con su nombre, Mertz anotó en su diario: “No puedo seguir comiendo más carne de perro. Ayer me sentó muy mal”. Fue su última anotación. Se sabía que el hígado de los osos polares contenía cantidades tóxicas de vitamina A, pero lejos de aquellas fechas, no fue hasta la década de 1970 cuando los científicos descubrieron que el hígado de los huskies también presentaba el mismo exceso de dicha vitamina. Antes de morir el campeón suizo de esquí tuvo que pasar por un infierno. En el hombre su ingestión causa náuseas, mareos, desprendimiento de la piel, espasmos intestinales, pérdida de cabello, fisuras alrededor de ojos y nariz, pérdida de los sentidos del olfato y el gusto, delirios, convulsiones, hemorragias cerebrales y, después de tanto sufrimiento, quizá reclamándola como liberación, la muerte. Mertz halló el final sucumbiendo al veneno de la vitamina A. Douglas Mawson estaba solo, le quedaba medio trineo y los restos cocinados de sus perros. Físicamente era más fuerte que su malogrado compañero, perdió casi todo el pelo y la piel de las plantas de los pies, las puntas de sus dedos estaban ennegrecidas y para mayores vicisitudes cae por dos veces en una grieta. Una primera ocasión, quedando atrapado hasta la altura de los muslos por lo que pudo salir de ella. La segunda vez, después de haber girado cincuenta metros al norte, intentando cruzar la línea de la grieta de la que no parecía haber rastro en aquella zona, pero sí, allí estaba esa temible abertura. Mawson cayó cuatro metros, milagrosamente el peso del trineo con sus provisiones sostenía su cuerpo que colgaba de una cuerda dispuesta con varios nudos. La estrechez de la grieta, unos dos metros, los nudos de la cuerda y un enorme esfuerzo lograron acercarlo a la superficie, pero una pequeña repisa había cedido bajo sus pies cuando prácticamente lo había logrado, para volver a caer la misma distancia. Fue desesperante, Mawson débil, exhasusto y helado, ya solo contaba que lo mejor que podía sucederle era correr la misma suerte que sus compañeros ya fallecidos. El espíritu de supervivencia lo llevó, momentos más tarde, a un nuevo intento por escapar de aquella negra sima y conseguir alcanzar la superficie: ... En aquella ocasión saqué primero los pies, sin soltarme todavía de la cuerda, y me impulsé hacia fuera; quedé tendido cuan largo era en la nieve, en tierra firme. Luego vino la reacción, y estuve una hora sin poder hacer nada.
Cuando por fin alcanzó el campamento base, se las vio durante varios meses contra un principio de daño cerebral. La vida en aquellas cabañas tampoco era fácil. Durante el invierno, la única manera de obtener agua era derretir hielo en una estufa, por lo que debían realizarse incursiones periódicas al exterior del refugio, incluso en las condiciones meteorológicas más extremas.









Warren Pearson encontró un lugar primigenio, lleno de inocencia donde nada parece extraño como caminar hacia un pingüino de 1,2 metros de altura y que no demuestre el menor temor ante tu presencia. Pearson encontró en uno de los muchos libros que leyó del continente helado, el síndrome de adicción al Antártico que ha invadido a numerosos exploradores polares. Clint Willis inicia con el mismo pensamiento el libro en el que se narran estos hechos:
Los viajeros a las regiones polares encuentran allí algo que nadie más ha encontrado en la tierra: una extraña y misteriosa belleza que les inspira, les convierte en artistas…

¿Quien no ha deseado en algún momento romper con todo y vivir algo extraordinario? A lo largo de nuestras vidas estos deseos se presentan casi cotidianamente, palabras lanzadas al viento, deseos efímeros y sin peso alguno. Simplemente aparecen como un grito acallado.
En el camino hacia Compostela transitan distintas clases de peregrinos, viajeros curiosos que no solo acuden a la llamada religiosa, además de la devoción, en ciertos momentos el mismo peregrino respira esos aires de huída. En ellos, en la inmensa mayoría, está la promesa o el humilde deseo de arrodillarse y rezar ante la tumba del Apóstol Santiago, pero desde tiempos atrás y no solo en la actualidad, cuando los vemos pasar ataviados con calzado y ropas técnicas, en su interior camina el inquieto trotamundos. Transcribo palabras de Isidro G. Bango, en su libro “El camino de Santiago”:
"El viajero culto, el aventurero o el viajero nato que tiene en la peregrinación la posibilidad de trascender más allá del simple carácter piadoso de la misma. Para unos se abría ante sus ojos el exotismo fascinante del Finis Terrae, europeos que alcanzaban y alcanzan el extremo más occidental conocido de la Tierra. Para ellos, la peregrinación podía incluso convertirse en el pretexto para buscar la aventura en un territorio lejano, donde el paisaje y las costumbres eran muy diferentes a los de su patria"…
Aparece de nuevo la figura de este modelo de peregrino aventurero porque escribe Mc Rae, que la solución que Pearson encontró a su vacío y después de haber conocido aquel lugar inmaculado, era un peregrinaje solitario a la Antártida y pasar allí el invierno, en soledad y alejado de todo. Para llevar a cabo este peregrinaje necesitaba planificarlo y lo primero era pactar con su mujer. “Tengo el perfecto derecho a marcharme un año y a hacer lo que me plazca en ese tiempo y ella también”, además tenía el precedente de que Bárbara ya lo había hecho en una ocasión.
Ideó un primer plan comprando un avión de carga C – 47 y aterrizar en un glaciar pero fue una idea que acabó desechando por impracticable y absurda, así que su aventura se llevaría a cabo desde Melbourne, Australia. Compraría una barca de pesca con el casco de acero y realizaría a motor su viaje.
Santiago Zunzundegui dedicó todas sus horas libres a crear su barco, lo que necesitasen después de la partida lo conseguirían trabajando donde estuviesen y como pudiesen. Pearson trabajó todas las horas que pudo para reunir la cantidad de dinero suficiente para comprarlo y autofinanciarse su expedición.
Su viaje desde un principio fue prácticamente un secreto, quizás introvertido; a su mujer le explicó vaga e imprecisamente que tan sólo pretendía navegar durante un año por el Pacífico Sur.

Había elegido Melbourne por el tamaño de la ciudad y su proximidad a la Antártida. Hobart, en Tasmania, quizá estuviera más cercana, pero en un lugar tan pequeño un hombre comprando una barca y toneladas de provisiones despertaría sospechas. En Melbourne podría mantener en secreto su proyecto.
Encontró en un solitario muelle un ketch, un velero de crucero de dos mástiles, de 37 pies de eslora y con el casco de acero. El barco se llamaba el Finegold. El velero no estaba en venta pero su propietario fue receptivo ante la oferta de Pearson, 16.840 dólares. Su nuevo propietario se encontró tan dichoso de aquella adquisición que escribió en su diario:
Cuando Cenicienta se puso el zapato, éste no sólo se adaptó perfectamente a su pie, también le produjo un momento de auténtico gozo que ahora puedo entender”.
Realizó arreglos en su embarcación para adaptarla a su propósito entre ellos dotarlo de unas pequeñas pero resistentes velas que no parecían difíciles de manejar aunque creía que podría navegar a motor hasta la Antártida. Siempre ocupado, si no era trabajando o preparando el equipo y el material necesario estaba estudiando los seis libros que se había comprado porque no poseía demasiados conocimientos de la navegación a vela. Y así estuvo durante un tiempo entre Melbourne y Benicia, su lugar de residencia.
Un 5 de enero de 1.985 se encontraba rellenando los impresos de adunas y registrando como destino Bluff en Nueva Zelanda al que señala como próximo puerto de amarre para el 24 de enero de 1.985; muy lejos de la fecha en la que realmente pensaba llegar, justamente un año después de haber experimentado su vivencia solitaria en la Antártida. Tenía una ruta trazada alejándose de Melbourne hasta Port Philip Bay y de allí al noroeste de Tasmania hacia Kinas Island en una navegación que suele llevar tres días a través del estrecho Bass, un lugar de climatología impredecible. Una semana antes los 150 barcos que participaban en la regata Sydney – Hobart, navegando por el mismo lugar, habían pasado por un auténtico infierno y de los que tan solo 40 embarcaciones lograron finalizar la prueba.
Dos días después, el 7 de enero y a las 12:45 Pearson escribía en su diario de a bordo en una mezcla de impaciencia y excitación:
¡Y ahora a navegar! Timón a sotavento, velas desplegadas. Suave brisa. Rumbo 220 grados. Digamos… ¡Nervios!


El Finegold no empezó su singladura de la mejor manera. En los 96 km de travesía por la bahía de Melbourne tuvo una pérdida de aceite aunque de fácil arreglo, sin embargo un error en la navegación, lo llevó a encallar por lo que Warren Pearson no dejó de llamarse una y otra vez estúpido. Finalmente el barco se liberó de su atasco al atardecer con la marea. La noche se presentaba excelente, había una hermosa luna llena y un delfín saltando junto al barco; esta placidez solo podía presumir buenos augurios. Con esas expectativas se dirigió hacia The Rip y con seguridad volvió a insultarse cuando anota en el diario de a bordo: “Error. Grave error”. El barco era sacudido por una impresionante marejada durante toda la noche y en la que Pearson creyó iba a morirse.
Salió airoso de la situación y con el motor funcionando, un buen café en el cuerpo y el sol brillando, tal y como escribe Michael Mc Rae, todo parecía volver a la normalidad y a los buenos augurios. Lejos de eso el Finegold comenzó a hacer agua, la bomba de achique a motor no funciona. Pearson bombea el agua manualmente, en 45 minutos mueve 750 cubos que lo dejan agotado hasta el punto de marearse y caer rendido. Se viven los últimos momentos tanto para el barco, para su dueño y para el deseo de pasar un invierno atrapado en los hielos de la Antártida. Después de una noche sacudida por una espantosa tormenta con olas de 6 metros dejan la embarcación definitivamente maltrecha. El motor no funciona, el timón inutilizado y sin control Pearson decide a las 17:00 horas del jueves 10 de enero encender la radio - baliza de emergencia para indicar su posición. Fue un avión quien dio con su posición. Varios aviones y un helicóptero lo sobrevolaron durante las siguientes siete horas. Fue la tripulación del M. S. Iron Prince, un barco de mercancías quien después de laboriosas maniobras rescató hasta su cubierta a Warren Pearson no sin antes y sin apenas fuerzas, en un intento de llevarse algo de su malograda embarcación, logró recuperar de la cabina su diario de a bordo y un mapa del estrecho de Bass. El Finegold iba remolcado por el enorme barco mercante hasta no pudo resistir más los envites del mar y se sumergió en la oscuridad.
Tal vez la idea inicial del viaje para Pearson era sencillamente escapar allí, pasar ese invierno solitario en la Antártida llenar su vida con esa vivencia y escapar a todo lo demás para entender que mirándose a uno mismo siempre encontrará a otro en peores circunstancias. Es posible que por su cabeza se hiciese más necesaria la idea de transmitir un mensaje al mundo, y tal vez con una pizca de inmodestia, soñaba en tener un reconocimiento por ello. En ese lugar inocente, un paraje virgen, donde no se conoce otra cosa que la belleza de un paisaje solo puede existir la paz interior, alejarnos de las envidias, los odios, las vanidades y las ambiciones que Pearson había descubierto en esos años de litigio.

De la misma manera que a Santiago Zunzundengui lo llamaban el loco que construye un velero, a Warren Pearson lo tacharon de tonto ingenuo a su regreso, recordaremos que mantuvo en secreto su idea hasta el final. Pearson perdió en su periplo no sólo el dinero y todo el material que había comprado, su búsqueda se había truncado prácticamente sin llegar a saborearla. Todo eso le importaba hasta cierto punto pero lo que más dolía era la pérdida del Finegold.



A diferencia del Finegold, diecisiete años después de su partida los tripulantes del Jo Ta Ke eran recibidos con todos los honores por sus familiares, televisiones y una multitud de embarcaciones que hacían sonar sus sirenas en su llegada a Hondarribia.
...Hay lágrimas a bordo, y yo tengo un nudo en la garganta que no es precisamente el de la corbata…
El Jo Ta Ke y su tripulación pasaron también sus noches de luna, jornadas placenteras y en todos los ámbitos (diecisiete años es mucho tiempo), sus tempestades y sus vicisitudes. Y al final, las líneas escritas que cierran una historia y dejan esa indeleble emoción de haber vivido y saboreado la esencia y el espíritu de sacrificio que conlleva la palabra “aventura”.
… "El polvo del mar Rojo irá desapareciendo de la jarcia del velero y junto con él la impronta marcada por las fuertes experiencias vividas durante diecisiete años. Muy poco a poco, sin prisas ni urgencias, como el mismo viaje, todo irá diluyéndose en el tiempo, como los contrastes en una vieja foto. Pero, aunque los contrastes se difuminen, la foto permanecerá grabada en la personalidad de nuestros hijos".


HUÍDA
Dos maneras de escapar a una vida convencional. Son pocos los que tienen la capacidad para tomar esa decisión, independientemente del éxito o del fracaso en sus experiencias, de los comentarios, pero de una manera u otra, todos, tal y como escribió Lawrence de Arabia en su libro “Los siete pilares de la sabiduría”, fueron hombres peligrosos porque soñaron de día y pudieron representar sus sueños con los ojos abiertos.
Warren Pearson pensó a su manera – cita Mac Rae: "Hice mi elección. No me quedé sentado mirando la televisión. Seguí los dictados de mi corazón, lo intenté y recibí mucho a cambio".

La sed de aventura embarcó y embarca a muchos a emprender sus particulares exploraciones y de las más variopintas maneras. En el ecuador de la década de los ochenta, dos jóvenes Joana Cerviá y Tere Durán realizan un viaje por África en burro.
…"Cuando iniciamos nuestra aventura no estábamos seguras de lo que verdaderamente queríamos hacer. Fue esta la mejor receta del viaje. Atravesamos el Sahara a trompicones, nos extraviamos por el río Níger y terminamos atravesando el Malí inmenso en compañía de un borrico que adquirimos como vehículo".
Otros, como Pablo Alcalde y Álvaro Hernández y prácticamente en las mismas fechas que Joana y Tere, materializan la idea de América en vespa; una singular experiencia a lomos de la conocida marca de motos y a lo largo de 15.000 kilómetros, atravesando las llanuras de la cuenca del Orinoco, las abruptas cordilleras andinas donde, muy cerca de las cumbres del Chacaltaya, a 5.300 metros de altura, consiguen uno de los objetivos de esta expedición, batir el record del mundo de ascenso en Vespa. Parajes como el desierto litoral peruano o el inhóspito Chaco Boreal, una región que se extiende por las llanuras del sureste de Bolivia, norte de Argentina y Paraguay. Una experiencia que terminaba en Buenos Aires un 27 de mayo de 1.985 por una macro autopista de ocho carriles después de pasearse, como ellos describen, por senderos sinuosos, caminos pedregosos, trochas polvorientas, fangales y arenales, ríos y nevados.


Experimentamos esa extraña sensación de alegría mezclada al terminar un largo y maravilloso viaje.


Hoy en día podemos participar en una aventura creada a nuestra medida, incluida la económica, hecha para cubrir unas necesidades mínimas de poder sentirnos evadidos de todo lo cotidiano, vivir en nuestros sentidos y llevarnos en nuestro espíritu a una vanidosa creencia de haber sido por unos días exploradores. Otros hacen del peligro un manantial para su vida, tienen como norma traspasar los límites de lo imposible.
El escritor William T. Wollman ha corrido por muchos riesgos para poder elaborar sus
libros y reportajes y ese riesgo le ha dado sus frutos. Reportero de guerra, articulista, novelista, ensayista, artista plástico y todo lo que sea preciso para buscar los contenidos de sus obras. Se puso un turbante para enfrentarse en Afganistán a los soviéticos, secuestró a una niña prostituta en Tailandia para llevarla a un orfanato, buscó en la jungla a uno de los mayores traficantes mundiales de heroína y además de lugares como los citados, poco recomendables como reza el título del libro de Javier Pérez de Albéniz, sobrevivió dos semanas en el Polo Norte sólo con un arma blanca.

Es posible que usted haya llegado hasta el finisterrae, posiblemente lo haya hecho como peregrino y, para sus adentros, sin una duda razonable ha sido la experiencia más grande que ha vivido. Ha alcanzado con su esfuerzo y no pocos sufrimientos un extremo de la tierra y ha hablado con el sol. Y estoy seguro que cree que su historia es meritoria de contar. Hágalo, pero le advierto dos cosas:
Decía Bill Adler, escritor estadounidense, que escribir es el oficio más solitario del mundo.
Ser explorador también. Podemos ser exploradores de nosotros mismos, pero cuando piense que su historia es formidable, entonces recuerde este fragmento del relato “El peor viaje del mundo” del ya citado Apsley Cherry-Garrad.
…“Un extremo de tal sufrimiento no puede medirse: la locura o la muerte pueden resultar un auténtico alivio. Pero eso lo conozco: en aquel viaje todos comenzamos a pensar en la muerte como en un amigo. Mientras aquella noche buscábamos a tientas nuestro camino de regreso, sin dormir, helados y como perros cansados en la oscuridad, el viento y la ventisca, una grieta parecía casi un regalo amistoso”…
Su cometido al final de este viaje fue llevar unos huevos de pingüino Emperador al Museo de Historia Natural. ¿Saben con cuanta indiferencia y menosprecio lo recibieron?
Tal vez es la gloria y reconocimiento con el que terminaron y terminan los grandes exploradores.


Tengo la suerte de conocer a uno. Un tal Santiago Del Valle Chousa, descubridor de Vilcabamba La Grande, la última capital del Imperio Inca. En ocasiones viajo con él y cuando veo la Cruz del Sur en la noche de los cielos andinos y el frío golpea mi cara escalando en sus montañas, respiro tranquilamente y me siento feliz.






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Estoy completamente seguro que a Robert Falcon Scott, considerado el mejor diarista del mundo, le hubiese gustado saber que en la actualidad hay unos bolígrafos que funcionan a -45º.





Si no les importa los dejo, esto se ha acabado.
Nos vemos en http://www.valdebarcala.es/Diario dun aventureiro barcalés
Y un nuevo blog que cuando tenga tiempo llenaré de letras:
cartasaloscorintios.blogspot