domingo, 28 de julio de 2013


DILE AL SOL nació para terminar donde lo hizo. Todo lo que sigue respecto a mí y si le interesa, está en ese blog:
VEINTE AÑOS DE CUERDA lacuerdaescalada.blogspot.com/‎

Un saludo.
Rubén

domingo, 15 de mayo de 2011









BIBLIOGRAFIA

















"Al filo de lo imposible". Sebastián Álvaro Lomba.
“Atrapados en el hielo”. Caroline Alexander. Editorial Planeta, 1999.
“Aventura en el mundo”. Revista nº 11, noviembre 1985.
“Aventura a toda vela”. Santiago González Zunzundegui. Circulo de lectores, 2001.
“Boomerang, viaje al corazón de Australia” .Xavier Moret. Ediciones Folio, 2004.
“Cristóbal Colón. Diario de a bordo”. Vicente Muñoz Puelles para la introducción, notas y apéndice. Anaya, 1985.
“El camino de Santiago”. Isidro G. Bango Torviso. Espasa Calpe, 1993.
“El corazón entre las tinieblas”. Joseph Conrad. Folio, 2004.
“El crucero del Snack”. Jack London. Folio, 2004.
“El misterio de Vilcabamba”. Santiago del Valle Chousa. Primera persona, 2005.
“El río de la desolación”. Javier Reverte. Mondadori, 2004.
“El sentimiento de la montaña”. Eduardo Martínez de Pisón y Sebastián Álvaro. Desnivel, 2002.
“Grandes ascensiones del mundo”. Garth Hattingh. Blume, 1999.
“Hielo”. Clint Willis. Desnivel, 2002.
“Historia de las exploraciones polares”. L. P. Kirwan. Caralt, 2001.
“Hillary – Amundsen”. Eduardo P´´arraga – Raúl Menchaca. Club internacional del libro, 2002´.
“La llamada de lo salvaje”. Jack London. Folio, 2004.
“La mirada del explorador” Fergus Fleming y Annabel Merullo. Paidós, 2006.
“Los setenta grandes viajes de la historia”. Robin Hanbury-Tenison. Circulo de lectores, 2006.
“La última gran aventura”. Max Jones. Oberon, 2005.
“Madera de boj”. Camilo José Cela. Bibliotex Editor, 2004.
“No vi Dioses en la cima del Everest”. J.A. Pujante Conesa. Juventud, 1994.
“Tocando el vacio”. Joe Simpson. Desnivel, 1999.
“Vida y pasiones de Mallory”. Peter y Lene Gillman. Desnivel, 2001.
“La vuelta al mundo en 80 y más libros”. V.V.A.A. Siete Leguas, noviembre 2004.
“Y si la vida continua”. Cesare Maestri. Desnivel, 2002.
“Yo, Galileo”. Yves Cheraqui. Anaya, 1990.

domingo, 6 de febrero de 2011

-11-
Exploradores de sí mismos




















El 14 de septiembre de 2005, me encontraba escalando con Pablo y Andrés en Cabo Ortegal, abriendo una nueva vía a la peninsular y extraordinaria aguja de noventa y ocho metros. De silueta regia y misteriosa en las puestas de sol. Cuando hicimos cumbre podían escucharse los ecos que perduraban, una semana después, del festival celta de Ortigueira. Sobre aquella aguja, rodeados por el abismo y abrazado a mis dos compañeros, no pude evitar en un momento volver la mirada al océano y otearlo buscando un velero llamado Jo Ta Ke. Ese barco navegó por estas costas llevando el sueño de surcar todos los mares.
…“Fue rumbo a Portugal cuando sentimos por fin el placer de navegar a todo trapo: tras doblar el cabo Ortegal, en una jornada hicimos trescientos treinta y tres kilómetros con viento en popa. Y al doblar cabo Villano, ya al rumbo 180, sentimos que habíamos despegado definitivamente de nuestra tierra”.




A Santiago González Zunzundegui, Santi, lo llamaban “el loco que construye un velero”, “ignorante” y como él mismo dice “hubo incluso algunos que hicieron apuestas sobre si el barco llegaría a flotar”. Santi dedicó los ratos libres durante cuatro años de su vida a darle forma a un sueño.
Esta historia comenzó en la fábrica de Biscottes Recondo, en Irún, un 7 de Julio, San Fermín, día en el que los locos y los aventurados se sitúan frente a los toros. Ese día comencé, junto a mi socia, a materializar la idea que acariciaba desde hacía años: construir un velero y vivir de una forma diferente de la convencional. Ese día coloqué las tablas del JoTaKe”…
Recuerdo esta historia. La recuerdo con mucha nostalgia. Recuerdo la noticia en los telediarios, viéndola atentamente con mis padres a mis doce años. No recuerdo su comentario, el de Guillermo y Paz que ya se hicieron mayores. Supongo que sería algo parecido a los dichos anteriormente por sus vecinos.


La solapa de un libro, Aventura a toda vela, resume sus vidas. Santiago nació en el pueblo pesquero de Hondarribia. Hombre inquieto, de naturaleza intrépida y muy arraigado a la mar, trabajó como submarinista, diseñador de barcos y en la Empresa Nacional Bazán. Durante años soñó con construir un velero y lanzarse junto a su familia a una aventura sin igual: dar la vuelta al mundo. Así, invirtió todas sus horas libres en construir el JoTaKe, el velero con el que Santi recorrió el mundo en compañía de su esposa y sus hijos en una travesía que duraría diecisiete años.
Mayi Errazkin, esposa de Santiago González, Santi, tiene el título de patrón de yate. Poseedora de un agudo sentido práctico, su aportación devino fundamental para resolver los problemas técnicos y humanos que se fueron presentando durante el viaje, desde la obtención de alimentos hasta las sucesivas reparaciones del velero y la asistencia médica. Asimismo, fue la responsable de los estudios y la educación de sus hijos, Zigor y Urko.
Zigor y Urko eran unos niños de ocho y nueve años cuando iniciaron el viaje. Nunca descuidaron sus estudios y su formación y, tras diecisiete años de navegación, se habían convertido en hombres curtidos por la dureza de la mar, que habían tenido la fortuna de vivir una vida muy distinta a la de otros jóvenes de su edad.




…“El velero sería nuestra casa, nuestro refugio, nuestro medio de transporte y de vida en la aventura que se ocultaba en el horizonte”… En cualquier palabra siempre se refleja esa ansia por el viaje. Ni tan siquiera nombran en el cuaderno de bitácora que nos han dejado a los lectores, el día en el que definitivamente pusieron rumbo a su marcha, no podían pararse en eso tenían prisa por recorrer el mundo. Simplemente una primavera de 1983 se meció por primera vez en los brazos del mar Cantábrico para zarpar hacia su periplo en el verano.

Desde ese momento todo fue distinto, todo lo que habían hecho hasta ahora cambiaba por completo. Dar la vuelta al mundo, viajar, conocer, explorar. Llevarse de la vida instantes felices, momentos peligrosos, experiencias que a Santiago, a Mayi a Zigor y Urko le hicieron ver las cosas de otra manera:


Aprendimos mucho en poco tiempo.
Aprendimos que la vida es muy simple, que no vale la pena complicarla.
Aprendimos a predecir el tiempo por la distinta forma que tienen los cangrejos de hacer sus hoyos en la arena cuando va a llover.
Aprendimos a tener seguridad y confianza en nosotros mismos.
Aprendimos, sobre todo, la gigantesca grandeza de la sencillez
.









Hielo

Da cuenta Clint Willis en su libro de relatos de supervivencia de la exploración polar, Hielo, la historia que narra Michael McRae sobre Warren Pearson, con un título que podría resumir lo que ha llevado a algunas personas a crear su propia y peculiar evasión, expedición o experiencia. Una simple búsqueda.
A Santiago González y a Warren Pearson los separaban muchos kilómetros, sin embargo y casi al mismo tiempo, estaban compartiendo una misma inquietud: Huir de una vida cotidiana y saciar su sed de aventura. A ellos no les satisfacía la idea de un viaje que tuviese cierta particularidad, necesitaban algo que los llevase a una vida completamente distinta a partir de una fecha que ellos mismos decidieron. Fueron exactamente cuatro años los mismos que ambos emplearon en preparar su evasión, cuatro años desde el momento en que decidieron sacarla de sus mentes para iniciar su particular expedición, explorar el mundo, un lugar difícil o tal vez explorarse a ellos mismos. Hay una notable diferencia entre los dos: Santiago lo hizo con toda su familia sin duda porque Mayi también llevaba en su interior el mismo anhelo y tal vez haya otra; la familia vasca inició esta búsqueda partiendo de vidas normales, lejos de la fragua en la que se forja un explorador desde edades tempranas, cuando Pearson sin ser un explorador ingénito ya había realizado algún viaje notable.
Warren Pearson tenía 47 años cuando miró hacia atrás para ver lo que era su vida. Fue en 1981, casado con Bárbara, psicóloga y artista, una mujer encantadora y con talento. Él disponía de un buen y respetable trabajo como profesor de biología, una buena casa, que como bien reseña Mc Rae, no era propiedad del banco y además de esto que le concede una notable calidad de vida, algo muy importante, buenos amigos. Sin embargo por su cabeza paseaba un incómodo transeúnte, un apabullante vacío que le hacía ver su vida desperdiciada sin haber hecho algo que realmente le diese sentido a su existencia. Necesitaba comulgar con el planeta sobre el que vivía. Pearson había sufrido un ataque de corazón en 1979, según él provocado por un largo litigio con el colegio en el que trabajaba. Un pleito cuya historia nace años atrás, en 1973, cuando se tomó un período sabático para estudiar salud pública en la Universidad de California y, después de que varios cursos fueran cancelados, decidió sustituir esos estudios por un seminario sobre historia natural en el Amazonas. Vivió una época de grandes aventuras y estímulo intelectual viajando hasta las profundidades de la selva amazónica, con un equipo científico, documentando Pearson la expedición con una cámara profesional Airflex de 16 mm. Empleó diez años para dar por finalizado un documental que no superaba la media hora. Consiguió la aceptación entre sus alumnos pero la universidad que había subvencionado aquel trabajo no lo vio con la misma exaltación, motivo por el cual lo demandaron por el salario sabático de 12.000 dólares. Fue un litigio de seis años, algo kafkiano para Pearson. Fue ese estrés lo que le provocó el ataque cardíaco del que salió como un hombre nuevo:
Las cosas materiales se hicieron menos importantes; fue como si hubiera entrado en una fase espiritual de mi vida. El contacto con una parte de la naturaleza que estaba muriéndose – los bosques tropicales – me conmovió de tal forma que mi perspectiva cambió. Mi atención se dirigió entonces a la Antártida: un lugar de extrema pureza y que, a diferencia del Amazonas, aún no había sido dañado por el hombre”.
Reservó un pasaje en el Lindblad
Explorer para la nochevieja de 1981, viajaría sin su esposa que había planeado otras vacaciones. En la Antártida descubrió ese aire límpido que otorga nitidez en la visión, hasta el punto de acercar a la retina montañas a tan solo media jornada de camino cuando realmente están situadas a muchos kilómetros de distancia. Su interior tuvo que agitarse inquietamente cuando revivió momentos de los viejos exploradores al encontrarse con curiosidades como la comida abandonada en una cabaña utilizada por la expedición de sir Douglas Mawson, comida que debido a la ausencia de bacterias estaba tal y como había sido dejada en 1914.



Douglas Mawson vivió su epopeya en 1911, el mismo año en que Scott emprendía su viaje al Polo Sur. A Warren Pearson nadie le había propuesto participar en una codiciada y reputada expedición como sucedió con Mawson que había sido invitado a unirse al grupo de Scott. Eligió llevar su propia expedición, explorar la Tierra Adelia al oeste de la Plataforma de Hielo de Ross, una labor menos espectacular que la conquista del Polo Sur pero más provechosa geográficamente. Sin embargo el destino es caprichoso y a punto estuvo de correr la misma suerte que el capitán Scott y su grupo. Alejados varios centenares de kilómetros del campamento base, Mawson iba acompañado por dos hombres, Belgarve Ninni, teniente del ejército británico, y el doctor Xavier Mertz, campeón suizo de esquí. Ninni cayó en una grieta en la que literalmente fue tragado junto con la mayor parte de las provisiones. Durante el viaje de regreso los dos exploradores sobrevivieron comiéndose a sus perros, pero para su desgracia comieron en exceso.




El día de Año Nuevo de 1913 mientras atravesaban un glaciar que más tarde se bautizaría con su nombre, Mertz anotó en su diario: “No puedo seguir comiendo más carne de perro. Ayer me sentó muy mal”. Fue su última anotación. Se sabía que el hígado de los osos polares contenía cantidades tóxicas de vitamina A, pero lejos de aquellas fechas, no fue hasta la década de 1970 cuando los científicos descubrieron que el hígado de los huskies también presentaba el mismo exceso de dicha vitamina. Antes de morir el campeón suizo de esquí tuvo que pasar por un infierno. En el hombre su ingestión causa náuseas, mareos, desprendimiento de la piel, espasmos intestinales, pérdida de cabello, fisuras alrededor de ojos y nariz, pérdida de los sentidos del olfato y el gusto, delirios, convulsiones, hemorragias cerebrales y, después de tanto sufrimiento, quizá reclamándola como liberación, la muerte. Mertz halló el final sucumbiendo al veneno de la vitamina A. Douglas Mawson estaba solo, le quedaba medio trineo y los restos cocinados de sus perros. Físicamente era más fuerte que su malogrado compañero, perdió casi todo el pelo y la piel de las plantas de los pies, las puntas de sus dedos estaban ennegrecidas y para mayores vicisitudes cae por dos veces en una grieta. Una primera ocasión, quedando atrapado hasta la altura de los muslos por lo que pudo salir de ella. La segunda vez, después de haber girado cincuenta metros al norte, intentando cruzar la línea de la grieta de la que no parecía haber rastro en aquella zona, pero sí, allí estaba esa temible abertura. Mawson cayó cuatro metros, milagrosamente el peso del trineo con sus provisiones sostenía su cuerpo que colgaba de una cuerda dispuesta con varios nudos. La estrechez de la grieta, unos dos metros, los nudos de la cuerda y un enorme esfuerzo lograron acercarlo a la superficie, pero una pequeña repisa había cedido bajo sus pies cuando prácticamente lo había logrado, para volver a caer la misma distancia. Fue desesperante, Mawson débil, exhasusto y helado, ya solo contaba que lo mejor que podía sucederle era correr la misma suerte que sus compañeros ya fallecidos. El espíritu de supervivencia lo llevó, momentos más tarde, a un nuevo intento por escapar de aquella negra sima y conseguir alcanzar la superficie: ... En aquella ocasión saqué primero los pies, sin soltarme todavía de la cuerda, y me impulsé hacia fuera; quedé tendido cuan largo era en la nieve, en tierra firme. Luego vino la reacción, y estuve una hora sin poder hacer nada.
Cuando por fin alcanzó el campamento base, se las vio durante varios meses contra un principio de daño cerebral. La vida en aquellas cabañas tampoco era fácil. Durante el invierno, la única manera de obtener agua era derretir hielo en una estufa, por lo que debían realizarse incursiones periódicas al exterior del refugio, incluso en las condiciones meteorológicas más extremas.









Warren Pearson encontró un lugar primigenio, lleno de inocencia donde nada parece extraño como caminar hacia un pingüino de 1,2 metros de altura y que no demuestre el menor temor ante tu presencia. Pearson encontró en uno de los muchos libros que leyó del continente helado, el síndrome de adicción al Antártico que ha invadido a numerosos exploradores polares. Clint Willis inicia con el mismo pensamiento el libro en el que se narran estos hechos:
Los viajeros a las regiones polares encuentran allí algo que nadie más ha encontrado en la tierra: una extraña y misteriosa belleza que les inspira, les convierte en artistas…

¿Quien no ha deseado en algún momento romper con todo y vivir algo extraordinario? A lo largo de nuestras vidas estos deseos se presentan casi cotidianamente, palabras lanzadas al viento, deseos efímeros y sin peso alguno. Simplemente aparecen como un grito acallado.
En el camino hacia Compostela transitan distintas clases de peregrinos, viajeros curiosos que no solo acuden a la llamada religiosa, además de la devoción, en ciertos momentos el mismo peregrino respira esos aires de huída. En ellos, en la inmensa mayoría, está la promesa o el humilde deseo de arrodillarse y rezar ante la tumba del Apóstol Santiago, pero desde tiempos atrás y no solo en la actualidad, cuando los vemos pasar ataviados con calzado y ropas técnicas, en su interior camina el inquieto trotamundos. Transcribo palabras de Isidro G. Bango, en su libro “El camino de Santiago”:
"El viajero culto, el aventurero o el viajero nato que tiene en la peregrinación la posibilidad de trascender más allá del simple carácter piadoso de la misma. Para unos se abría ante sus ojos el exotismo fascinante del Finis Terrae, europeos que alcanzaban y alcanzan el extremo más occidental conocido de la Tierra. Para ellos, la peregrinación podía incluso convertirse en el pretexto para buscar la aventura en un territorio lejano, donde el paisaje y las costumbres eran muy diferentes a los de su patria"…
Aparece de nuevo la figura de este modelo de peregrino aventurero porque escribe Mc Rae, que la solución que Pearson encontró a su vacío y después de haber conocido aquel lugar inmaculado, era un peregrinaje solitario a la Antártida y pasar allí el invierno, en soledad y alejado de todo. Para llevar a cabo este peregrinaje necesitaba planificarlo y lo primero era pactar con su mujer. “Tengo el perfecto derecho a marcharme un año y a hacer lo que me plazca en ese tiempo y ella también”, además tenía el precedente de que Bárbara ya lo había hecho en una ocasión.
Ideó un primer plan comprando un avión de carga C – 47 y aterrizar en un glaciar pero fue una idea que acabó desechando por impracticable y absurda, así que su aventura se llevaría a cabo desde Melbourne, Australia. Compraría una barca de pesca con el casco de acero y realizaría a motor su viaje.
Santiago Zunzundegui dedicó todas sus horas libres a crear su barco, lo que necesitasen después de la partida lo conseguirían trabajando donde estuviesen y como pudiesen. Pearson trabajó todas las horas que pudo para reunir la cantidad de dinero suficiente para comprarlo y autofinanciarse su expedición.
Su viaje desde un principio fue prácticamente un secreto, quizás introvertido; a su mujer le explicó vaga e imprecisamente que tan sólo pretendía navegar durante un año por el Pacífico Sur.

Había elegido Melbourne por el tamaño de la ciudad y su proximidad a la Antártida. Hobart, en Tasmania, quizá estuviera más cercana, pero en un lugar tan pequeño un hombre comprando una barca y toneladas de provisiones despertaría sospechas. En Melbourne podría mantener en secreto su proyecto.
Encontró en un solitario muelle un ketch, un velero de crucero de dos mástiles, de 37 pies de eslora y con el casco de acero. El barco se llamaba el Finegold. El velero no estaba en venta pero su propietario fue receptivo ante la oferta de Pearson, 16.840 dólares. Su nuevo propietario se encontró tan dichoso de aquella adquisición que escribió en su diario:
Cuando Cenicienta se puso el zapato, éste no sólo se adaptó perfectamente a su pie, también le produjo un momento de auténtico gozo que ahora puedo entender”.
Realizó arreglos en su embarcación para adaptarla a su propósito entre ellos dotarlo de unas pequeñas pero resistentes velas que no parecían difíciles de manejar aunque creía que podría navegar a motor hasta la Antártida. Siempre ocupado, si no era trabajando o preparando el equipo y el material necesario estaba estudiando los seis libros que se había comprado porque no poseía demasiados conocimientos de la navegación a vela. Y así estuvo durante un tiempo entre Melbourne y Benicia, su lugar de residencia.
Un 5 de enero de 1.985 se encontraba rellenando los impresos de adunas y registrando como destino Bluff en Nueva Zelanda al que señala como próximo puerto de amarre para el 24 de enero de 1.985; muy lejos de la fecha en la que realmente pensaba llegar, justamente un año después de haber experimentado su vivencia solitaria en la Antártida. Tenía una ruta trazada alejándose de Melbourne hasta Port Philip Bay y de allí al noroeste de Tasmania hacia Kinas Island en una navegación que suele llevar tres días a través del estrecho Bass, un lugar de climatología impredecible. Una semana antes los 150 barcos que participaban en la regata Sydney – Hobart, navegando por el mismo lugar, habían pasado por un auténtico infierno y de los que tan solo 40 embarcaciones lograron finalizar la prueba.
Dos días después, el 7 de enero y a las 12:45 Pearson escribía en su diario de a bordo en una mezcla de impaciencia y excitación:
¡Y ahora a navegar! Timón a sotavento, velas desplegadas. Suave brisa. Rumbo 220 grados. Digamos… ¡Nervios!


El Finegold no empezó su singladura de la mejor manera. En los 96 km de travesía por la bahía de Melbourne tuvo una pérdida de aceite aunque de fácil arreglo, sin embargo un error en la navegación, lo llevó a encallar por lo que Warren Pearson no dejó de llamarse una y otra vez estúpido. Finalmente el barco se liberó de su atasco al atardecer con la marea. La noche se presentaba excelente, había una hermosa luna llena y un delfín saltando junto al barco; esta placidez solo podía presumir buenos augurios. Con esas expectativas se dirigió hacia The Rip y con seguridad volvió a insultarse cuando anota en el diario de a bordo: “Error. Grave error”. El barco era sacudido por una impresionante marejada durante toda la noche y en la que Pearson creyó iba a morirse.
Salió airoso de la situación y con el motor funcionando, un buen café en el cuerpo y el sol brillando, tal y como escribe Michael Mc Rae, todo parecía volver a la normalidad y a los buenos augurios. Lejos de eso el Finegold comenzó a hacer agua, la bomba de achique a motor no funciona. Pearson bombea el agua manualmente, en 45 minutos mueve 750 cubos que lo dejan agotado hasta el punto de marearse y caer rendido. Se viven los últimos momentos tanto para el barco, para su dueño y para el deseo de pasar un invierno atrapado en los hielos de la Antártida. Después de una noche sacudida por una espantosa tormenta con olas de 6 metros dejan la embarcación definitivamente maltrecha. El motor no funciona, el timón inutilizado y sin control Pearson decide a las 17:00 horas del jueves 10 de enero encender la radio - baliza de emergencia para indicar su posición. Fue un avión quien dio con su posición. Varios aviones y un helicóptero lo sobrevolaron durante las siguientes siete horas. Fue la tripulación del M. S. Iron Prince, un barco de mercancías quien después de laboriosas maniobras rescató hasta su cubierta a Warren Pearson no sin antes y sin apenas fuerzas, en un intento de llevarse algo de su malograda embarcación, logró recuperar de la cabina su diario de a bordo y un mapa del estrecho de Bass. El Finegold iba remolcado por el enorme barco mercante hasta no pudo resistir más los envites del mar y se sumergió en la oscuridad.
Tal vez la idea inicial del viaje para Pearson era sencillamente escapar allí, pasar ese invierno solitario en la Antártida llenar su vida con esa vivencia y escapar a todo lo demás para entender que mirándose a uno mismo siempre encontrará a otro en peores circunstancias. Es posible que por su cabeza se hiciese más necesaria la idea de transmitir un mensaje al mundo, y tal vez con una pizca de inmodestia, soñaba en tener un reconocimiento por ello. En ese lugar inocente, un paraje virgen, donde no se conoce otra cosa que la belleza de un paisaje solo puede existir la paz interior, alejarnos de las envidias, los odios, las vanidades y las ambiciones que Pearson había descubierto en esos años de litigio.

De la misma manera que a Santiago Zunzundengui lo llamaban el loco que construye un velero, a Warren Pearson lo tacharon de tonto ingenuo a su regreso, recordaremos que mantuvo en secreto su idea hasta el final. Pearson perdió en su periplo no sólo el dinero y todo el material que había comprado, su búsqueda se había truncado prácticamente sin llegar a saborearla. Todo eso le importaba hasta cierto punto pero lo que más dolía era la pérdida del Finegold.



A diferencia del Finegold, diecisiete años después de su partida los tripulantes del Jo Ta Ke eran recibidos con todos los honores por sus familiares, televisiones y una multitud de embarcaciones que hacían sonar sus sirenas en su llegada a Hondarribia.
...Hay lágrimas a bordo, y yo tengo un nudo en la garganta que no es precisamente el de la corbata…
El Jo Ta Ke y su tripulación pasaron también sus noches de luna, jornadas placenteras y en todos los ámbitos (diecisiete años es mucho tiempo), sus tempestades y sus vicisitudes. Y al final, las líneas escritas que cierran una historia y dejan esa indeleble emoción de haber vivido y saboreado la esencia y el espíritu de sacrificio que conlleva la palabra “aventura”.
… "El polvo del mar Rojo irá desapareciendo de la jarcia del velero y junto con él la impronta marcada por las fuertes experiencias vividas durante diecisiete años. Muy poco a poco, sin prisas ni urgencias, como el mismo viaje, todo irá diluyéndose en el tiempo, como los contrastes en una vieja foto. Pero, aunque los contrastes se difuminen, la foto permanecerá grabada en la personalidad de nuestros hijos".


HUÍDA
Dos maneras de escapar a una vida convencional. Son pocos los que tienen la capacidad para tomar esa decisión, independientemente del éxito o del fracaso en sus experiencias, de los comentarios, pero de una manera u otra, todos, tal y como escribió Lawrence de Arabia en su libro “Los siete pilares de la sabiduría”, fueron hombres peligrosos porque soñaron de día y pudieron representar sus sueños con los ojos abiertos.
Warren Pearson pensó a su manera – cita Mac Rae: "Hice mi elección. No me quedé sentado mirando la televisión. Seguí los dictados de mi corazón, lo intenté y recibí mucho a cambio".

La sed de aventura embarcó y embarca a muchos a emprender sus particulares exploraciones y de las más variopintas maneras. En el ecuador de la década de los ochenta, dos jóvenes Joana Cerviá y Tere Durán realizan un viaje por África en burro.
…"Cuando iniciamos nuestra aventura no estábamos seguras de lo que verdaderamente queríamos hacer. Fue esta la mejor receta del viaje. Atravesamos el Sahara a trompicones, nos extraviamos por el río Níger y terminamos atravesando el Malí inmenso en compañía de un borrico que adquirimos como vehículo".
Otros, como Pablo Alcalde y Álvaro Hernández y prácticamente en las mismas fechas que Joana y Tere, materializan la idea de América en vespa; una singular experiencia a lomos de la conocida marca de motos y a lo largo de 15.000 kilómetros, atravesando las llanuras de la cuenca del Orinoco, las abruptas cordilleras andinas donde, muy cerca de las cumbres del Chacaltaya, a 5.300 metros de altura, consiguen uno de los objetivos de esta expedición, batir el record del mundo de ascenso en Vespa. Parajes como el desierto litoral peruano o el inhóspito Chaco Boreal, una región que se extiende por las llanuras del sureste de Bolivia, norte de Argentina y Paraguay. Una experiencia que terminaba en Buenos Aires un 27 de mayo de 1.985 por una macro autopista de ocho carriles después de pasearse, como ellos describen, por senderos sinuosos, caminos pedregosos, trochas polvorientas, fangales y arenales, ríos y nevados.


Experimentamos esa extraña sensación de alegría mezclada al terminar un largo y maravilloso viaje.


Hoy en día podemos participar en una aventura creada a nuestra medida, incluida la económica, hecha para cubrir unas necesidades mínimas de poder sentirnos evadidos de todo lo cotidiano, vivir en nuestros sentidos y llevarnos en nuestro espíritu a una vanidosa creencia de haber sido por unos días exploradores. Otros hacen del peligro un manantial para su vida, tienen como norma traspasar los límites de lo imposible.
El escritor William T. Wollman ha corrido por muchos riesgos para poder elaborar sus
libros y reportajes y ese riesgo le ha dado sus frutos. Reportero de guerra, articulista, novelista, ensayista, artista plástico y todo lo que sea preciso para buscar los contenidos de sus obras. Se puso un turbante para enfrentarse en Afganistán a los soviéticos, secuestró a una niña prostituta en Tailandia para llevarla a un orfanato, buscó en la jungla a uno de los mayores traficantes mundiales de heroína y además de lugares como los citados, poco recomendables como reza el título del libro de Javier Pérez de Albéniz, sobrevivió dos semanas en el Polo Norte sólo con un arma blanca.

Es posible que usted haya llegado hasta el finisterrae, posiblemente lo haya hecho como peregrino y, para sus adentros, sin una duda razonable ha sido la experiencia más grande que ha vivido. Ha alcanzado con su esfuerzo y no pocos sufrimientos un extremo de la tierra y ha hablado con el sol. Y estoy seguro que cree que su historia es meritoria de contar. Hágalo, pero le advierto dos cosas:
Decía Bill Adler, escritor estadounidense, que escribir es el oficio más solitario del mundo.
Ser explorador también. Podemos ser exploradores de nosotros mismos, pero cuando piense que su historia es formidable, entonces recuerde este fragmento del relato “El peor viaje del mundo” del ya citado Apsley Cherry-Garrad.
…“Un extremo de tal sufrimiento no puede medirse: la locura o la muerte pueden resultar un auténtico alivio. Pero eso lo conozco: en aquel viaje todos comenzamos a pensar en la muerte como en un amigo. Mientras aquella noche buscábamos a tientas nuestro camino de regreso, sin dormir, helados y como perros cansados en la oscuridad, el viento y la ventisca, una grieta parecía casi un regalo amistoso”…
Su cometido al final de este viaje fue llevar unos huevos de pingüino Emperador al Museo de Historia Natural. ¿Saben con cuanta indiferencia y menosprecio lo recibieron?
Tal vez es la gloria y reconocimiento con el que terminaron y terminan los grandes exploradores.


Tengo la suerte de conocer a uno. Un tal Santiago Del Valle Chousa, descubridor de Vilcabamba La Grande, la última capital del Imperio Inca. En ocasiones viajo con él y cuando veo la Cruz del Sur en la noche de los cielos andinos y el frío golpea mi cara escalando en sus montañas, respiro tranquilamente y me siento feliz.






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Estoy completamente seguro que a Robert Falcon Scott, considerado el mejor diarista del mundo, le hubiese gustado saber que en la actualidad hay unos bolígrafos que funcionan a -45º.





Si no les importa los dejo, esto se ha acabado.
Nos vemos en http://www.valdebarcala.es/Diario dun aventureiro barcalés
Y un nuevo blog que cuando tenga tiempo llenaré de letras:
cartasaloscorintios.blogspot

miércoles, 26 de enero de 2011

- 10 -
El fracaso no es una opción











Fumar en pipa predispone a juzgar con calma y objetividad los actos humanos”. Mi afición por fumar en pipa aparece después de haber leído un libro de Carolina Alexander, “Atrapados en el hielo” y esta frase tan significativa, pronunciada por un genio de pelo blanco y bigote, sentenció definitivamente en mí este ocasional placer.
Fue algo curioso, mi amigo Javier, compañero en mi anterior trabajo, me habló de ese libro, de su lectura y que le había encantado.
-Tienes que leerlo, es que tiene que gustarte – y lo decía con conocimiento de causa por mis inquietudes hacia la aventura. Me hablaba de unos exploradores que en su intento por ser los primeros en cruzar el continente antártico, habían quedado atrapados con su barco en un mar congelado sin tan siquiera poder iniciar la travesía.





No prestaba mucha atención a aquella historia. Mis sueños de pájaro libre anidaban únicamente en unas montañas que acababa de descubrir en mis contados días libres y en mi espíritu aventurero solo tenía cabida el recorrido vertical. Aquel mar congelado era el Mar de Weddell y el jefe de aquella expedición Ernest Shackleton. El barco, el Endurance, Resistir.
Me regaló el libro y vaya si lo leí. Me quedé tan atrapado como todos los que aparecían en esa historia de supervivencia que comenzó el 8 de agosto de 1914 cuando el Endurance partió de Inglaterra. Sin duda la misma sensación de todos aquellos que pasaron por sus páginas. Las fotografías de Frank Hurley contribuyeron a vivir con cierta intensidad desmesurada el relato de esa expedición.


"Se buscan hombres para viaje peligroso. Salario bajo, frío agudo, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante y pocas posibilidades de regresar con vida. Honores y reconocimiento en caso de éxito."


No sé si les interesará saber que me compré una pipa recta y después dos curvas y que el tabaco con el que cargo la pipa es de aroma a cereza.
Shackleton no apareció en ese sueño, está omnipresente en mí. Le llamaban “El Jefe”.
A punto de finalizar la primera década del siglo XXI, se cumplirán los cien años del Endurance y la odisea de su tripulación. El empeño de El Jefe para que todos regresasen sanos y salvos. ¿Acaso la exploración moderna no ha vivido ya algo similar? ¿La lucha y el ingenio por traer de vuelta a casa una tripulación? La formada por James Lowell, Jack Swigert y Fred Haise cuyo destino era las Llanuras de Fra Mauro en la Luna.


Centro Espacial Kennedy, Florida, sábado 11 de abril de 1.970. Las toberas del imponente Saturno V se encienden pasado el mediodía. Eran las 13 horas y 13 minutos y el Apollo XIII despega desde la rampa de lanzamiento 39A rumbo a la Luna. Entraría en la órbita lunar el 13 de abril pero no sucedió de la manera deseada. El primer contratiempo surge en la tobera de la segunda fase del Saturno V, apagándose antes de lo previsto y que se compensa activando los motores de la tercera fase manteniéndolos encendidos unos segundos más. El lunes 13 de abril el piloto Jack Swigert pronuncia una frase – Houston tenemos un problema – cuando las alarmas del módulo de mando Odyssey comienzan a saltar una tras otra después de un estallido. Al exterior, la nave expulsaba un gas que resultó ser oxígeno pero que, pensando ya en traer a los astronautas de vuelta sin pisar la luna, no se trataría de lo más grave pues se contaría con el del módulo lunar Aquarius, el previsto para utilizar en los paseos lunares y el oxígeno de las botellas de emergencia para el amerizaje.

El principal problema estaba en la energía, mantener su funcionamiento con la mínima energía y recuperarla después de haber estado desactivada a bajas temperaturas. A este grave problema se le fueron añadiendo otros como el agua, no solo por la deshidratación, si no para la refrigeración de los mecanismos. El módulo lunar estaba diseñado para mantener a dos personas durante dos días y ahora tendría que servir para traer de vuelta con vida a tres personas y ser utilizada cuatro días. La eliminación de dióxido de carbono generado por la respiración también se convirtió en un quebradero de cabeza que los ingenieros solucionaron desde Houston adaptando con cartones, plásticos y cinta adhesiva los recipientes de forma cuadrada del Odyssey que contenían hidróxido de litio, un material químico que elimina el CO2, a los del módulo lunar Aquarius que eran redondos. Uno de los momentos cruciales sucedió durante el encendido de los motores, cuando la luna se interponía entre la tierra y la nave, impidiendo las comunicaciones y que este encendido se hacía necesario para aumentar su velocidad y consiguiese salir de la órbita lunar, al tiempo de dirigir la nave en la trayectoria correcta a la tierra con el riesgo de no regresar jamás.


-El fracaso no es una opción, traeremos a esos hombres sanos y salvos – comunicó Gene Kranz director de vuelo a su equipo en Houston.

También estaba Ken Mattingly, incluido en el equipo principal, pero que en los últimos momentos, por recomendaciones del doctor de la misión, fue sustituido por Jack Swigert ante la posibilidad de contraer el sarampión durante el viaje espacial, circunstancia que podría poner en serio peligro a sus compañeros. Al contrario de Lowell y Haise que ya la habían pasado, Mattingly no había desarrollado los anticuerpos después de una infección en uno de los seis astronautas que se habían entrenado juntos en los tres meses previos al lanzamiento. Así pues, Mattingly, utilizando los simuladores, se dispuso en la misma situación que sus compañeros, realizando ensayos una y otra vez hasta encontrar la manera de obtener energía adicional para el momento de reingreso. El interior de la nave estaba cubierto de gotas de agua a causa de la condensación, produciendo en los astronautas una sensación de lluvia dentro del módulo de mando, por lo que existía un riesgo de cortocircuito en el instante de re-energizar la nave.

Cuando faltaban cuatro horas para el amerizaje, abandonaron lo que constituyó su bote salvavidas, el módulo lunar Aquarius, para instalarse en la cápsula de reentrada; se desacoplaron del módulo de mando y permaneciendo todavía unidos al módulo lunar, los astronautas pudieron comprobar y fotografiar los daños producidos en el Odyssey. Ahora, los temores se centraban sobre el escudo de protección térmica pero ya no quedaba otra opción que asumir ese riesgo.
Finalmente, el 17 de abril de 1970, amerizaba en el Océano Pacífico la cápsula con los tripulantes del Apollo XIII. Se había conseguido un gran éxito en la carrera espacial, el fracaso no era una opción.


Ernest Shackleton se olvidó de su sueño de ser los primeros en cruzar el continente antártico, en su mente solo tenía cabida una idea: Devolver con vida a sus hombres. Escapar de una placa de hielo que los alejaba del lugar donde habían programado desembarcar para iniciar la travesía a pie y que estaba a tan solo un día de navegación. Los hielos apretaron el Endurance hasta estrujarlo y hundirlo en las profundidades australes. Los astronautas del Apollo XIII tardaron cuatro días en regresar a casa, la tripulación del Endurance dos años y sobreviviendo a las más duras condiciones. Se hicieron a la mar en los pequeños botes que recuperaron del barco junto con otros útiles, arrastrándolos con ellos hasta que el hielo del Mar de Weddell se había convertido en una trampa mortal. Alcanzaron tierra firme en la Isla Elefante, un lugar desolado y tremendamente alejado de cualquier punto civilizado. Dos hombres, Marston y Greenstreet propusieron utilizar tres de los cuatro botes a modo de cabaña colocándolos al revés y elevándolos sobre unos muros de piedra, para lo que también aprovecharon la tela de las tiendas como cortavientos. En este refugio vivieron veintidós hombres durante cuatro meses cuando Shackleton, consciente de que no podrían quedarse allí esperando a que alguien los rescatase, seleccionó un grupo y prepararon la barca que les quedaba para iniciar días más tarde una larga, sacrificada y arriesgada navegación. El James Caird, era el bote salvavidas, el bote de la incertidumbre que despidieron con tres entusiasmados hurras desde la isla Elefante. Shackleton escogió a cinco hombres por sus habilidades: Frank Worsley piloto y navegante; Timothy McCarthy y George Vincent por sus dotes como navegantes; tratándose de barcos de madera Harry McNeish era la mejor opción por su experiencia y destreza como carpintero; y si alguno de aquellos hombres era física y mentalmente fuerte no había otro como Tom Crean.
Su destino era la isla Georgia del Sur.


Si en el modulo lunar Aquarius, dentro de los avances tecnológicos del momento, la memoria del ordenador era de 74 kilobytes, muy inferior a la de un teléfono móvil actual; un sextante, un cronómetro, cartas de navegación y su experiencia como marinos era la tecnología que llevaba el James Caird para alcanzar no solo su salvación, sino la de sus compañeros que aguardaban con recelo en la isla Elefante. Su equipamiento lo completaban velas, cerillas, un infiernillo, sedal, un achicador, una bomba de sentina, unos prismáticos y víveres para un mes. Tanto los tripulantes del Apollo XIII como los del James Caird debieron aplicarse cuando tuvieron que enfilar sus naves hacia el destino correcto, los astronautas durante un breve pero crucial instante, los marinos todos los días de navegación.

Lograron su objetivo llegando al que había sido su punto de partida pero por el lugar equivocado. Veinte meses después del inicio de la Gran Guerra, Shackleton y sus cinco hombres vivían un extenuado final, obligados a realizar la travesía por las montañas de la isla de San Pedro sin librarse de situaciones límite, sobreviviendo a las condiciones más duras impuestas por el Antártico. Con un aspecto dantesco se presentó ante el capitán Sorlle, llevados por el capataz de la estación ballenera de Stromness.
- ¿No me conoce? – pregunta.
- Conozco su voz – respondió el capitán Sorlle, equivocándose de personaje.
- Me llamo Shackleton.
En ese período de tiempo atrás, justo cuando todo estaba a punto para partir hacia la Antártida y con el interés demostrado de la prensa británica por la expedición, la noticia pasó a un segundo plano cuando el 1 de Agosto de 1914 Alemania declaraba la guerra a Rusia y a las primeras de cambio estallaría en Europa. Después de consultar con la tripulación y casi al mismo tiempo y de la misma manera que Mallory se ofrecía patrióticamente a servir a su país, Shackleton dispuso su embarcación, el Endurance, y su grupo a la necesidad del gobierno – “entre nosotros había bastantes hombres entrenados y con experiencia para tripular un destructor”. La esperada respuesta fue simple y sorprendentemente contraria a lo que sin duda aguardaba – “Procedan”. Volviendo a Stromness, confuso, una de sus primeras preguntas a Sorlle refleja perfectamente la lentitud del paso del tiempo cuando la vida se vuelve adversa:
- ¿Cuándo finalizó la guerra
?, Shackleton no podía imaginar la larga duración del conflicto y su monstruosidad como dijo Mallory. Escribio más tarde en su libro South – “acaso el lector no se percate de cuán difícil nos resulta imaginar casi dos años de la guerra más impresionante de la historia. Los ejércitos luchando en las trincheras… el uso de gas venenoso y fuego líquido, el centenar de incidentes de la guerra… No había hombres civilizados que pudiesen haber ignorado tan a fondo los acontecimientos que estremecían al mundo como lo ignorábamos nosotros al llegar a la estación ballenera de Stromness”.
- La guerra no ha acabado. Hay millones de muertos. Europa está loca. El mundo está loco – fue la respuesta de Sorlle. Tristemente más tarde o más temprano, una y otra vez, utilizaremos la última frase.

En la mañana del 30 de agosto de 1916 en la isla Elefante, Frank Wild, el segundo y leal jefe de Shackleton, señala entusiasmado que hay un barco. Hurley se apresura a hacer un fuego con parafina, grasa de foca y hierba. Un barco negro y muy pequeño, un remolcador de vapor. Todos salen expectantes. Desde la cubierta del Yelcho, Shackleton observa con sus binoculares y cuenta veintidós figuras. No ha perdido a ninguno de sus hombres. En el sur del mundo el fracaso tampoco era una opción.

La piedra del Pindo se enrojece cuando el sol se va, cuando sus rayos se despiden cada tarde despejada para hundirse en el océano. Nos largamos de la cima, descendiendo por cada largo ya abierto de la vía Dile al sol y después destrepando, saltando de piedra en piedra y caminando entre afilados tojos. Cuando llegamos abajo, volví la mirada hacia arriba porque me vinieron al recuerdo en toda esta ensoñación, unas palabras que J.E. Hodder Williams escribió en Like English Gentelmen diciendo que los ingleses las habían pasado moradas por apoderarse de una tierra desconocida y plantar su bandera en el lugar más alto. Ese era el Everest. Tendría que hablarles de ello, pero ¿saben donde se interrumpe un sueño? Sí, desde luego, en lo mejor. En un punto intermedio entre el espacio y la tierra.
Apoderarse de una tierra desconocida y plantar la bandera en el lugar más alto… Y eso era algo de lo que los ingleses carecían. Habían participado en grandes empresas pero ninguna de ellas les llevó a la conquista de los extremos de la tierra y, con los polos ya descubiertos, solo les quedaba uno.

Tendría que hablarles de George Leigh Mallory y de Andrew Irvine, de Sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay. De un joven inglés con mirada apasionada que escalaba hasta el tejado de la iglesia de su padre. De un neozelandés grande y bonachón que era apicultor y se trajo la cima de la montaña más alta de la tierra para los ingleses. De los segundos de cordada: un joven ingeniero y un servicial y experimentado sherpa.
El primer libro de montaña que leí en mi vida fue el de un médico catalán, Josep A. Pujante: No vi Dioses en la cima del Everest. Me llamó mucho la atención su comienzo:
"Podría ser denominado “Finisterre”, pero se le conoce con el prosaico nombre de “cima del Everest”. Ese lugar donde acaba el planeta, que marca los confines del globo, no está en Galicia, bañado por el mar, sino en el Himalaya, entre el Nepal y Tibet, azotado por los vientos huracanados que ningún obstáculo de semejante altura puede detener".





La Costa da Morte está repleta de vida. Dice Pujante que el Everest está azotado por los vientos huracanados, desde luego, no lo pongo en duda; pero como dice Arturo, mi compañero, cuando el hombre del tiempo anuncia la entrada de los temporales, aquí ya nos los hemos comido.

domingo, 9 de enero de 2011

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Una línea punteada







¡Que risa! María y yo nunca nos habíamos puesto unos esquís en nuestra vida y para una vez que lo hacemos es en pleno Círculo Polar Ártico; a casi un tiro de piedra de donde se han vivido estas aventuras, al tiempo que se trata de salvar una distancia relativamente corta y tan difícil de recorrer. Nosotros habíamos alcanzado esta pre-circunferencia polar sentados cómodamente en un avión de la compañía Finnair, primero desde Barcelona para dejarnos en Helsinki y dos horas después nos trasladaba hasta Kittila; a 200 km por encima de una línea que en los mapas aparece punteada.
Cuando llegamos eran las nueve de la noche y el termómetro marcaba la friolera de -12º. A las puertas del hotel encontramos una fila de gente que llevaba consigo pequeños bolsos deportivos o simplemente bolsas grandes, que nos hicieron creer, a nosotros inexpertos viajeros, se trataba de nuevos huéspedes esperando registrase en recepción. Si somos sinceros, se nos hizo extraño vernos como los únicos que arrastrábamos verdaderos bultos. Todos estaban tremendamente abrigados, claro como si no se pudiese soportar aquel frío de otra manera. La cola avanzaba lentamente hasta que uno de los porteros se percató de nuestra extraña presencia en esa fila. Salió diligente a buscarnos y nos invitó a entrar. Vanidosamente, por un instante me sentí incómodo, creí disfrutar de algún tipo de privilegio porque aquel viaje era el premio al concurso de una revista ya desaparecida, “Solo rutas y aventura”. Mientras esperábamos en recepción, liberados del frío por un extraordinario y agradable calor, a que tomasen nota de nuestros datos, observamos a un reducido grupo de cinco o seis personas que formaban parte de la hilera de gente que, cada cierto tiempo, dos elegantes porteros permitían acceder al interior. Se sentaban en una especie de mostrador bajo y de sus bolsos extraían zapatos finos, tanto las mujeres como los hombres. Uno que es sensible a la belleza y al deseo, no puede evitar curiosear con la mirada y sentir cierta envidia de los dos guardarropas que, cortésmente, atendían a las damas y les ayudaban a quitarse enormes plumíferos y abrigos que descubrían femeninos y esbeltos cuerpos nórdicos vestidos de fiesta. Sentadas en el mostrador a modo de banco, las mujeres descalzaban sus botas de nieve y en el calor del habitáculo, las medias negras embellecían sus esculturales piernas y tallados tobillos. Una fiesta en la que se mezclaba el turista y los habitantes de la zona y que, desde esa misma noche, vivimos hasta el último día de nuestra estancia.
Arreglados los trámites, nos dirigimos alumbrados por las farolas hasta el edificio que albergaba nuestro apartamento. La entrada era amplia y enseguida la mirada se nos fue a un solitario bastón de esquí tirado en el suelo, después otro; doblamos la esquina del pasillo y nos encontramos una bota, unas escaleras que nos permitían acceder a la parte superior y un borrachín esquiador que dormía profundamente en una posición de lo más incómoda mientras obstaculizaba nuestro paso. Al acercarnos a él escuchamos su ronca respiración y nos fuimos riendo escaleras arriba mientras buscábamos un número colocado sobre una puerta, con la escena de una juerga que, alguna que otra vez, hemos vivido en nuestras propias carnes.
Cuando amaneció un termómetro ubicado en el exterior de nuestra ventana indicaba -20º. En nuestra vida habíamos estado a una temperatura tan baja y hasta aquel día nunca nos habíamos visto inmersos en un paisaje tan extraordinariamente nevado. En nuestra región hemos sentido, por la dirección de los vientos, ese frío polar, cualquiera ha sentido mucho frío. Pero aquí, pisando estas tierras árticas se percibe e intuye cercano ese frío que soportaron los exploradores y que Pilar Rubio describió un frío como dolor insoportable, como rigidez mortal, como horizonte de blanco eterno. Pasamos la mañana visitando lo que para nosotros suponía una estampa navideña descubriendo un pueblecito semioculto por el manto blanco, de construcciones de madera, armónicas a un país repleto de cuidados bosques. Después de comer, arrastrado por mi instinto montañero, convencí a María para que me acompañase hasta lo alto de una colina. Cruzamos un lago helado, nunca habíamos pisado un lago helado y menos habíamos visto pescar en el hielo. Un enorme finlandés que accedió a que le hiciésemos una fotografía, perforó la gruesa capa con un enorme berbiquí y en contraposición dispuso una diminuta caña a la que dejó nylon suficiente para que el cebo se sumergiese en las frías aguas.
- Igual que aquí – me dije – paciencia y buenas artes…
Al pie de la colina iniciamos el ascenso, bueno, lo intentamos. ¡Raquetas de nieve! ¡Nos harían falta unas raquetas de nieve! En fin, ascenderemos hasta donde podamos, solo quiero ver si desde algún punto hay una buena panorámica. Hundiéndonos hasta la cintura por momentos, lamentábamos no disponer de las dichosas raquetas, pero disfrutábamos de la situación por primerizos. Hubo un punto, no demasiado elevado, sobre el que pudimos obtener una visión sobre el paraje que nos rodeaba. María hablaba de un paisaje bonito, sin más; yo soñaba con cruzar aquella planicie nevada sembrada de bosques y lagos congelados, en mi interior me decía que si fuese un explorador partiría desde aquí mismo hacia el Polo Norte. Sin estrujarnos el cerebro comprendimos enseguida que era necesario hacerse con unos esquís para moverse con cierta libertad por un paisaje níveo. Alquilamos el material, fuimos autodidactas y malamente aprendimos a desenvolvernos. Una, dos, tres y veinte veces nuestros traseros hacían de auténticos frenos ante la sonrisa y mirada indulgente de los expertos esquiadores de fondo finlandeses. El resto de los días María me permitió soñar dejándome a mi antojo por aquella naturaleza. Primero fueron pequeños paseos para terminar realizando pequeñas travesías de no más de treinta km. Por momentos tuve ganas de no mirar hacia atrás y seguir bajo los cielos boreales hasta alcanzar la costa cruzando la Laponia finlandensa. Sabía que donde comenzaba ese mar continuaba el camino hacia la Estrella Polar. Allí donde se inicia la gloria y el sufrimiento de los grandes exploradores polares. Cuando ya tenía el equilibrio y la técnica algo depurada, el viaje finalizaba y yo no fui quien de quedarme o regresar más tarde. Un factor era el económico, otro el laboral y además, como se pondría mi madre. Ella siempre deseó que fuese médico y fuera de eso, hiciese lo que hiciese era el disgusto más grande que le daba en la vida y así uno detrás de otro.

La madre del noruego Roald Amundsen sufría por la inquietud y la curiosidad mostrada por éste desde la infancia, a realizar viajes a lugares exóticos y lejanos. Contrariamente a los deseos de su progenitora de retenerlo a su lado, Roald Amundsen vivió una vida dedicada a la aventura y exploración. Leía afanosamente los relatos de Sir John Franklin, soñando con pasar las mismas privaciones y penalidades que tuvieron que soportar sus hombres, mientras su madre le inculcaba con el afán por retenerlo cerca de ella, que ser médico era una profesión con la muy noble labor de curar a los enfermos. Cuando terminó el bachillerato ya había vivido con entusiasmo la hazaña de Fridtjof Nansen cruzando Groenlandia, y llegaba el momento de elegir carrera. Su madre puso el grito en el cielo cuando Roald le confirmó que sí, estudiaría, pero no siguiendo los deseos de ella, sino la ciencia de la naturaleza. Ante las súplicas y lloros, finalmente consintió matricularse en la Facultad de Medicina acompañándole un pensamiento: "Esta carrera constituye una importante aportación a todo tipo de exploraciones. Siempre hace falta un médico en los equipos. ¿Por qué no puedo ser yo?"

Hanna Henrikke Gustava Sahlquist, procedía de una familia de clase alta que se había casado con Jens Amundsen que, socialmente opuesto, pertenecía a una familia de marinos que se habían metido a constructores de barcos. Cuando Jens heredó los pequeños astilleros los hizo prosperar hasta ganarse una pequeña fortuna, hecho que le permitió relacionarse con gente de clase superior y llegar a casarse con la hija de un prestamista. Vivieron varios años en China. Del país asiático trajeron incómodos recuerdos y allí nacieron sus tres primeros hijos. Roald, el cuarto, nacía en Noruega el 16 de julio de 1872 cuatro años después que el británico Robert Falcon Scott.
JAMES COOK Y EL ANTÁRTICO

No encuentro palabras para describir estas tierras permanentemente cubiertas de hielo. ¿Hay otros mundos más al Sur? No lo creo. Pero sin un día alguien los descubriera, estoy seguro de que no se hallarán habitados ni serán habitables”. La tripulación del Resolution y el Adventure contemplan un iceberg, una isla de hielo – describe James Cook, cuando el 17 de enero de 1773, a una latitud de 66º 36` 30``, el hombre cruza por primera vez el Círculo Antártico. Cook realizó dos viajes más que llevaron por primera vez al hombre a circunnavegar, a altas latitudes, el continente Antártico.



Cuando citamos los extremos de la tierra hablamos de la carrera por su conquista, por los caminos explorados con el intento de unos y otros por alcanzar tan significantes puntos. Hablamos de nombres propios que han dejado momentos gloriosos y trágicos, épicos y heroicos y algunos, deseosos de gloria, terminando como embusteros. Si en el ártico aparecen decenas de historias y un elenco de expedicionarios para su exploración, en su trayecto hacia el extremo boreal tenemos que hablar de una carrera, una verdadera competición en la zona austral. Una competición aleccionadora que demostrará como dos exploradores culminan, de muy distinta manera, un mismo propósito. Un camino hacia el Polo Sur, hacia la exploración antártica que llevará eternamente ligada a la historia de su conquista la vida de otro semejante, de la misma manera que había acontecido con Fridtjof Nansen en el Polo Norte. Hablamos del ya citado Ernest Henry Shackleton.

Robert Falcon Scott nace en Devonport, Plymouth (Inglaterra), el 6 de Junio de 1868, siendo el tercer hijo de John y Hanna Scott. Siguiendo el patrón de todos los exploradores, muestra a temprana edad la inquietud por llevar una vida más emocionante lejos de la cervecería regentada por su padre quien le aconseja, siguiendo la vocación marinera de la familia, ingresar en la Royal Navy. A los catorce años sigue la sugerencia de su progenitor y se enrola como cadete en el buque escuela HMS Britannia, comenzando de esta manera su carrera y pasando por diferentes buques y graduaciones hasta que en 1891 supera los exámenes en el Royal Naval College, lo que supone su ascenso a teniente siendo destinado al HMS Amphion. Al año siguiente consigue el grado de Primer Teniente a bordo del buque insignia del Canal de la Mancha, el HMS Majestic, pero su vida como oficial especialista en torpedos no alimenta su ansia por la aventura.
Paradójicamente, la vida de Scott tal vez sea más recordada por su muerte, porque tratándose de uno de los mejores diaristas, ha llegado a describir el camino que le llevó a ella hasta su último aliento.
Tal y como hemos leído, Amundsen soñaba con pasar las mismas privaciones y sufrimientos transmitidos en los relatos de Sir John Franklin. Scott ansiaba una vida emocionante lejos de una vida tópica. Apsley Cherry-Garrard, miembro de la tripulación del Terranova en la Expedición de Scott al Polo Sur, ha dicho que “la exploración polar es sin duda, la forma más genuina y más aislada de pasarlo mal”.

Scott, sin experiencia como expedicionario, participa al mando de una exploración a la Antártida en 1902, hecho que lo convierte en el referente británico como líder polar hasta que en 1908, otro miembro de aquella expedición, Ernest Shackleton pase a ocupar tan privilegiada distinción después de dirigir su propia expedición Antártica Británica, la denominada Nimrod por el nombre del barco utilizado. Shackleton era un romántico que prefirió no estudiar. Deseoso de grandes vivencias, entre ellas numerosas infidelidades, aprovecha los conocimientos adquiridos y el terreno ya descubierto por Scott para conseguir aproximarse, con un equipo de cuatro hombres y el empleo de cuatro ponis, a tan solo 156 km del Polo Sur, forzado al regreso por la falta de provisiones pero con la hazaña de conquistar el Polo Sur Magnético y llevando a cabo la primera ascensión al monte Erebus.
Ante tal circunstancia, en marzo de 1909, Scott comenta que le corresponde realizar el siguiente intento después de leer en un cartel la hazaña de Shackleton. A Scott le podía la envidia al ver como un oficial de la Marina mercante y miembro de su expedición en el Discovery había superado los records establecidos en aquel viaje. Lo que desconocía Scott es que, un mes después de que se anunciara la conquista del Polo Norte, aparecería un rival secreto cuyo mayor deseo se venía abajo con la noticia de Robert Peary pero que, ante tal acontecimiento, enseguida se dispuso a luchar por otro.


Se dice que las exploraciones se realizaron para expandir el conocimiento del mundo y en la búsqueda de nuevas riquezas, aquellos exploradores viajaron arrastrados por su pasión y la gloria. Hoy en día esos lugares ya descubiertos nos llevan a diferentes contextos: a la búsqueda de las antiguas pasiones, a buscar las nuestras propias o simplemente a un terreno de aventura donde realizar una actividad deportiva. Cuando a esa pasión llega la fatiga y una mala planificación y elección, puede llevarte a tus últimos momentos y ser consciente de ello, como le sucedió a Robert Falcon Scott dejando la más célebre última nota de un diario en uno de los lugares más desolados de la tierra:

Martes, 29 de marzo.- Desde el día 21 hemos sufrido una galerna continua del oeste-suroeste y del suroeste. El día 20 disponíamos de combustible para prepararnos dos tazas de té por persona, y de comida para dos jornadas. Cada día nos mostrábamos dispuestos a salir en busca del almacén, pero el exterior de la tienda es una escena continua de nieve arremolinada por el viento. No creo que podamos esperar una mejoría. Resistiremos hasta el final, pero cada vez nos sentimos más débiles, por supuesto, y el final no puede estar lejos.
Parece una lástima, pero no creo que pueda escribir más.
R. Scott.
Por Dios, cuiden de nuestra gente.



MOMENTOS "PÍNDICOS"
Mis ojos se han abierto por completo, un bostezo y uno ya se siente despierto, casi espabilado. Fue un tópico decir que no había pegado ojo en la primera conversación que entablamos de la mañana, explicar que me he pasado gran parte de la noche fuera observando sus fantasmas, sus sombras y sus luces; sintiendo casi el mismo calor que habíamos soportado la tarde anterior y que cuando volví a entrar en la tienda no faltaba mucho para que amaneciese. Desayunamos a base de bizcochos y un par de piezas de fruta. Los arneses volvieron a adaptarse a nuestra cintura y los hierros volvieron a tintinear en nuestro corto pero incómodo camino hacia la pared.
Mientras retomábamos los primeros metros de escalada me llevaba a los que estaban a punto de entrar en este largo y extraño sueño, veía ese Finisterre y a lo lejos, navegando en las atlánticas aguas, me parecía distinguir un barco, el Fram, cuando Roald Amundsen qué, abandonando su sueño en el Polo Norte ya conquistado, daba la orden de dirigir su nave hacia la Antartida, algo que sus propios conciudadanos y su tripulación desconocían. Era el mes de agosto cuando sucedía este hecho transcendental, así que la coincidencia del mes con el lugar donde estoy y la imaginación de ver al Fram navegando en frente a esta costa, aunque fuese a muchas millas de distancia, resultó agradable. Ni el mismo Scott sabía de estos planes cuando ya había salido de Inglaterra en la creencia de dirigirse hacia el Polo Sur sin ningún rival a excepción de la climatología.


TELEGRAMA DE AMUNDSEN



"Le informo de que el Fram se dirige hacia la Antartida. Amundsen" – comunicó.

Ahí se iniciaba la carrera, con distintas planificaciones y distintas moralidades, una cautivadora y trágica carrera que sigue despertando gran interés. Para Amundsen solo tenía cabida el llegar primero, sobre todo después de haber perdido su sueño, por lo que su estrategia iba enfocada a la única ambición de conquistar el Polo Sur. Una conquista qué, lógica y obligatoriamente, sí llevaba ligada la exploración de un trayecto por el que jamás nadie había caminado pero sobre el que no se detendría a tomar demasiados datos geográficos ni realizar ningún tipo de experimentos. Todo lo contrario a lo que había realizado en la expedición que zarpó en 1903 del fiordo de Oslo, en la búsqueda del ya conocido Paso del Noroeste pero que nadie había logrado recorrerlo en toda su longitud. Amundsen lo consiguió a bordo de un robusto barco, el Gjoa y sus seis tripulantes. En su periplo recogieron material etnográfico de los pueblos esquimales que habitaban las zonas por donde pasaron y sobre todo abundantes datos científicos donde los más importantes fueron los referentes al magnetismo de la tierra y a la localización exacta del Polo Norte Magnético.

El 19 de octubre de 1911 Roal Amundsen abandonaba su campo base en la Bahía de las Ballenas, 96 km más cerca del Polo Sur del que había establecido Scott en McMurdo Sound. Desde allí partió con cuatro expertos esquiadores, cuatro trineos y 58 perros, cuya utilización, tanto para el tiro como alimento, sería fundamental para culminar con éxito su objetivo. Para Scott, estaría en el esfuerzo humano la grandeza de una hazaña, mostrándose reacio al sufrimiento de los animales además de no confiar en ellos como principales medios de carga.
En mi opinión, ningún viaje realizado con perros puede alcanzar el valor de otro, obra de hombres exclusivamente, venciendo por sí solos todas las dificultades inherentes a su empresa, a lo largo de días y semanas de penosos esfuerzos. En este caso el triunfo se alcanza de una manera más digna y elevada.”…
Scott no pensaba en una carrera, en varias ocasiones hace hincapié en que la expedición es científica y el hecho de que recopile muchos datos geográficos y físicos así lo atestiguan. Amundsen señaló con diplomacia en su obra The South Pole, publicada a finales de 1912, la diferencia entre las dos expediciones:
La expedición británica fue planificada por completo de cara a la investigación científica. El polo constituía sólo un tema secundario, mientras que en mi amplio plan era el objetivo principal”.
EL POLO SUR
Roald Amundsen alcanzó el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, pidió a sus compañeros que agarrasen el asta de la bandera noruega y que entre todos la clavasen sobre el eje inferior de la tierra.
Bandera querida, emblema de la patria venerada, nosotros te plantamos en el Polo Sur de la tierra y a esta región que nos rodea la llamamos Plataforma del Rey Haakon VII, en honor de nuestro respetado soberano”.

Amundsen necesitaba tener la certeza de estar pisando el mismo Polo Sur para lo que en las veintisiete horas siguientes realizó varias mediciones que lo confirmasen, aun así receloso, el equipo pisoteó la nieve en un radio de ocho kilómetros puesto que los geógrafos entendían que quien se aproximase en un radio de diez kilómetros había alcanzado el Polo exacto.
Sobre el mismo Polo estableció su campamento. Allí dejó una tienda y una nota que Scott leería veintiún días más tarde.
Querido Capitán Scott:
Como usted es probablemente el primero en alcanzar esta área después de nosotros, le pediría amablemente expedir esta carta al Rey Haakon VII. Si usted quiere usar cualquiera de los artículos abandonados en la tienda, no deje de hacerlo. El trineo dejado fuera puede ser empleado por usted.
Con cordiales saludos, le deseo una vuelta segura. Roal Amundsen
.”

Henry Bowers percibió ese trineo el 10 de enero ya muy próximos al Polo y cuando llegaron a él vieron las huellas de los perros. Scott comprobó que los noruegos se les habían adelantado.
…”Todos los sueños se han esfumado, será un triste regreso”. Del Polo Sur escribió: “Un lugar terrible”.
Además de esa aflicción al no haber llegado los primeros, la vuelta segura que Amundsen les deseó fue todo un infierno. Edgar Evans fue el primero en caer, era un hombre fuerte, musculoso pero que arrastraba heridas y sufría congelaciones y con la aparición del escorbuto su deterioro se agudizó hasta la muerte. Para Scott, Evans no servía para soportar el asedio mental al que te somete el polo además de una antipatía hacía él, tachándolo de incordio, estúpido y muy torpe tal y como reflejó en su diario original. La antítesis la encontró Scott con Titus Oates en la valentía de su acción evitando ser una carga para sus compañeros y así lo relató:

"16 de marzo, viernes o sábado 17. No sabemos la fecha, pero creo que la última es la correcta. Tragedia en las filas. A la hora del almuerzo, anteayer, Titus Oates dijo que no podía continuar, propuso que le dejáramos en su saco de dormir. Pero no podíamos hacerle eso, así que le insistimos para que continuara por la tarde. Pese a resultarle duro, lo intentó y recorrimos varios kilómetros. Tiene un alma valiente. Durmió toda la noche con la esperanza de no despertar, pero, por la mañana, despertó. Quizá algún día encuentren estos papeles y quiero anotar lo ocurrido. Los últimos pensamientos de Oates fueron para su madre, aunque inmediatamente antes se enorgulleció al pensar que su regimiento se complacería al saber la forma honorable en la que había encontrado la muerte. Podemos testificar su valentía. Ha sufrido durante varias semanas un intenso dolor sin queja alguna, e incluso, hasta el final, fue capaz y tuvo la fortaleza de conversar sobre otros temas. Tenía un espíritu valiente. Éste fue el final. Se durmió esperando no despertar, pero por la mañana – ayer –, se despertó. Soplaba una fuerte ventisca. Entonces Oates dijo: “Voy a salir fuera y puede que me demore algo en volver”. Sabíamos que Oates se encaminaba hacia la muerte, pero, aunque tratamos de disuadirle, sabíamos que era la acción de un hombre valiente y de un caballero inglés.”

Antes de morir Robert Scott escribió varias cartas, además de su última anotación, entre otras, la dirigida a la que sería la viuda de Wilson (Edward Adrian Wilson), apodado Uncle Bill, hacia quien tenía un sentimiento profundo de amistad. Cuando sus cuerpos fueron encontrados ocho meses más tarde, Scott tenía el brazo echado sobre Wilson, un gesto que refleja este sentimiento. De él dejó palabras de admiración:
Querida Sra. Wilson. Si le llega esta carta querrá decir que Bill y yo hemos muerto. En realidad no falta demasiado para que eso ocurra y me gustaría que supiera lo espléndido que ha sido su esposo hasta el final: animoso y dispuesto a sacrificarse por los demás; nunca me ha dirigido una palabra de queja por haberles conducido a esta grave situación. Afortunadamente, sólo está sufriendo pequeñas molestias. Sus ojos tienen una amable mirada azul de esperanza y su mente está tranquila, con la satisfacción que le proporciona su fe y que le hace sentirse parte del gran proyecto del Todopoderoso. Sólo puedo reconfortarla diciéndole que su esposo murió como vivió, como un hombre valiente y verdadero, el mejor de los compañeros y el amigo más entrañable. Le acompaño en el sentimiento.
Atentamente, R. Scott
”.

Conocida la tragedia, nacerá en los británicos el sentimiento de que sus hijos de la Patria son los verdaderos héroes del Polo y Scott el actor principal. Mientras, Roald Amundsen en un gesto de respeto, deferencia y humildad, hace su primera y única declaración firmada sobre la catástrofe:
"El capitán Scott dejó un testimonio de honestidad, de sinceridad, de valentía, de todo lo que hace a un hombre tal. ¡Y para mí eso es más importante incluso que haber descubierto el Polo!"
Aparecieron muchas opiniones encontradas, debatiéndose por el valor de unos hombres que hicieron de la tragedia un triunfo, una ovación hacia aquellos exploradores que demostraron que los ingleses pueden soportar las penurias, ayudarse unos a otros y encontrarse con la muerte con una fortaleza mayor que nunca en el pasado. O aquellos, los que viéndose más objetivos, hablaron de un grupo que llevó a cabo una muy desacertada planificación. Gordon Hayes, destacó dos causas principales: deficiencias en la dieta con falta de vitaminas y confiar en los hombres en vez de los perros. De estos animales también se habló mucho, los que criticaban su cruel utilización y los que defendían que fueron una pieza clave para el éxito de esta empresa difícil. Amundsen, jefe del grupo que descubrió el Polo Sur, tuvo que soportar humillaciones como la sucedida en la cena que el presidente de la Royal Geographical Society, lord Curzon, ofreció en su honor, finalizando su discurso proponiendo tres hurras por los perros en un claro intento de mostrarlos como los protagonistas principales de la hazaña y de la crueldad con la que fueron utilizados. Sin embargo, Amundsen tenía un sentimiento hacia los animales que dejó escrito en su diario:
Después de haber prestado tantos servicios, es penosísimo degollar a una bestia que se une al hombre como a su dueño, porque los sufrimientos del largo viaje le hayan debilitado, y es más duro todavía matar a una animal al que nada condena a muerte. El egoísmo del gesto que nos permite vivir produce en nosotros remordimiento; sin embargo, hay necesidad de hacerlo, y la cuchillada que apaga bruscamente la vida de estos animales impone a los hombres un “réquiem” para estos compañeros de fatigas y lucha. Más duro todavía es el hecho de alimentarse de la carne de estas pobres bestias y preparar, para luchar contra el frío, un caldo con la sangre de un perro…”
Amundsen navegó de nuevo hacia el norte para atravesar el Paso del Noroeste. En 1924 vivía arruinado con la sensación que de que ya nada importante le esperaba y que su carrera como explorador había desaparecido por completo sin la gloria que esperaba. “Ni siquiera los meritos parecían avalarme”. Lincoln Ellesworth, un millonario estadounidense, le propuso volar sobre el Polo Norte en dos hidroaviones Dornier. Amundsen se había interesado por la aviación y había sido el primer civil noruego que recibía un certificado de vuelo. Casi lo consiguen. Un fallo en los motores en uno de los aviones los obliga a aterrizar en el hielo a una latitud de 88ºN. Estaban a tan solo 150 km del Polo, pasando allí veinticuatro días de trabajo continuo hasta que consiguieron habilitar una pista de despegue para el avión que les quedaba. Saboreando de nuevo los límites de la muerte con este incidente persiste en su empeño. En 1926 se elevan de nuevo sobre los cielos a bordo de un dirigible, el Norge, capitaneado por el italiano Umberto Nobile, consiguiendo su objetivo de llegar y aterrizar sobre el Polo Norte, convirtiéndose de manera indiscutible y sin polémicas en pisar el eje superior de la tierra, extendiendo su periplo para ser los primeros en cruzar el casquete ártico.
Después de esta expedición, Nobile y Amundsen tuvieron sus diferencias respecto al honor de la aventura vivida. El italiano regresó de nuevo a bordo de otro dirigible, el Italia, para perderse a su regreso. Amundsen formó parte del equipo de rescate, encontrando su muerte en el Mar de Barents, desapareciendo para siempre entre una línea punteada y la que marca el Océano Glacial Ártico. En las latitudes que siempre habían sido su sueño opuestas geográficamente a una conquista que le daría la inmortalidad.

sábado, 25 de diciembre de 2010

-8-
Mío al fin











Nunca he tenido un balón de fútbol. De niño mi esférico era un globo terráqueo, con un interruptor y una bombillita interna, sustentado a una base por dos ejes sobre los que giraba. En él aparecían todos los lugares de la tierra. Al menos los países, los ríos y los lagos; los mares y los océanos; los desiertos y las cadenas montañosas más importantes. Algunas veces jugaba a darle vueltas, la bola giraba y yo cerraba los ojos, entonces dejaba caer un dedo y soñaba que algún día viajaría hasta ese lugar, elegido al azar, para conocerlo, explorarlo. Sin saberlo, y perdonen la comparación, hacía lo mismo que Joseph Conrad.
Cuando era un niño tenía la pasión de los mapas. Me podía pasar horas mirando América del Sur, o África, o Australia, hasta perderme en toda la grandeza de la exploración. En aquella época había muchos espacios en blanco sobre la Tierra, y cuando veía uno que tenía un aspecto especialmente tentador (y eso que todos lo tienen), lo señalaba con el dedo y musitaba: “Cuando sea mayor iré allí”.
Sin embargo el destino marcado a la suerte por mi dedo nunca se posaba en ninguno de los Polos.
Sobre esos helados ejes, la historia nos dejó a dos hombres muy diferentes, tan extremos como los puntos en sí. Los romanos que llegaron al cabo Finisterre no buscaron el Fin de la Tierra, se encontraron con él y ante aquella vastedad oceánica no pudieron imaginar más que esa revelación geográfica.
Los exploradores que se movieron y se mueven hacia las tierras polares, a los extremos verticales de este planeta o hacia cualquier paraje ignoto, acariciaban y acarician una mezcla por alcanzar la fama y esos limites de la tierra que les proporcionaba y sigue proporcionando al ser humano, el deseo inexplicable de arriesgar nuestras vidas sucumbiendo, como diría Jack London, a la llamada de lo salvaje. Una llamada a la aventura que este prolífico y visionario escritor vivió de cerca, reflejándola en su extensa obra, como el relato de una aventura real en su viaje a bordo de un velero dando el título a una narración: “El crucero del Snark”. Una idea que nació, como el mismo describe, en la piscina de Glen Ellen (California) y qué, obstinado en el proyecto y sin demasiados conocimientos de navegación, materializó junto a su mujer Charmian y un pequeño grupo de amigos surcando el Pacífico durante dos años. Tal vez este relato inspiró a Santiago Zunzundegui, un vasco que construyó su propio velero durante cuatro años para dar la vuelta al mundo con su familia. Entonces pensé que los tres acumulábamos una experiencia común aunque se entienda un poco pretencioso: un ataque masivo de insectos voladores. London de moscas en Typee (Islas Marquesas), Santiago y su familia habían sobrevivido a un enjambre de abejas asesinas a diez millas de la costa de Brasil; Andrés y yo a una multitud de mosquitos en el monte Pindo.

Robert E. Peary dio conocimiento al mundo desde el cabo Colombia, que el 6 de abril de 1909 había puesto sus pies sobre el Polo Norte geográfico. Alcanzar los 90º N se había convertido en un lento batir de marcas. Se limaron casi grado a grado, en cada una de las expediciones realizadas, hasta que una frase que se le atribuye a Peary, da por finalizada la carrera: “No es más que esto”. Leyendo esta expresión parece que ese punto tan perseguido carezca de la más mínima importancia, como si fuese absurdo llegar hasta él, algo que los hombres de ciencia decían una y otra vez: …los polos geográficos no son otra cosa que dos puntos matemáticos en el espacio, cuya conquista añadiría poco o nada al humano conocimiento. Clements Markham, presidente de la Royal Geogaphical Society hasta 1905, compartía el mismo pensamiento que muchos exploradores: “Desde que Nansen descubrió que el Polo es un mar cubierto de hielos, se estima que nada útil puede derivarse del simple hecho de alcanzarlo”. Ni tan siquiera es un trozo de tierra firme como ocurre con su opuesto Polo Sur. Un punto en el que puedas instalar algo definitivo. Los 90º N son inamovibles pero el suelo sobre el que se registran se desplaza y hoy puede ser una gruesa placa de hielo, mañana una grieta abismal o incluso, lamentablemente a cuenta del cambio climático, y de lo que realmente se trata, agua. El hielo es agua congelada.

EL GRAN CLAVO
Peary nació en 1856 y toda su vida fue un empeño por ser el primero en poner los pies sobre los 90º N. Tal vez un empeño desmedido que la historia ha revelado que realmente no había llegado hasta ellos. Fue una obstinación que le ocupó veintitrés años de su vida y ocho expediciones a los hielos y una promesa nada trivial cuando era joven:
Recuerda, madre, que debo alcanzar la fama, y que no me conformo con la idea de pasar años de trabajo anodino para hacerme un nombre a edad avanzada (…) No cesaré en mis esfuerzos hasta que mi nombre sea conocido en todo el mundo”.
Sabía que podía ser su última oportunidad y no era preciso perderse una ocasión histórica aunque quizá, lo que hizo de una manera u otra, fue llevar a cabo el epitafio escrito sobre la tumba de un incomparable explorador, Ernest Shackleton: “Yo creo que un hombre debe luchar hasta el final por aquello que más desea en la vida”.
Se añadía además una cierta presión por la carrera abierta después del periplo de Nansen, tanto en el Ártico como en el continente Antártico incluso por aire. En 1897 el sueco Salomón Agusto Andrée desapareció con su globo y dos acompañantes cuando pretendía llegar al Polo Norte; el posterior explorador del Himalaya, el príncipe Luigi Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzzos, que debido a síntomas de congelación cedió el mando a su viejo compañero de fatigas montañeras, el capitán Umberto Cagni quien llegó hasta los 86º 34` al norte de Franz Jofef Land; Robert F. Scott y el Jefe: Sir Ernest Sackleton, por citar algunos.
Peary había adquirido y aprendido sin duda, cual era la técnica y los medios adecuados para llegar hasta “El Gran Clavo”, como dicen los esquimales. Fue de éstos, de sus costumbres para soportar la vida extrema sobre los hielos árticos, de quien asimiló la mejor de las habilidades, además de la experiencia obtenida en todas sus incursiones, tanto en las tierras polares como sobre el mismo mar cuajado donde se situaba uno de los ejes de la tierra. Una masa de hielo que se desplazaba y ante la que comprendió que era necesario moverse con rapidez. Además, en sus diferentes intentos fue perfeccionando la estrategia de ir estableciendo campamentos y depósitos a lo largo de las etapas y en todo eso fue el mejor.
En una expedición de envergadura hay algo que nunca cambia: el presupuesto. Lo encontró en un acaudalado grupo de neoyorquinos que formó el “Peary Artic Club” que le brindaron su apoyo hasta el final. Con su financiación en 1904 construyó un buque que le permitiese ir más allá de la costa de la isla Ellesmere. El buque, el Roosevelt, era capitaneado por Bob Bartlett que formaría parte del último grupo de apoyo que acompañaría a Peary hasta un punto que distaba ciento treinta millas del Polo, lugar donde tendrían que darse la vuelta. En ese punto y ante el asalto definitivo, Peary quiso tener un detalle de agradecimiento con el británico, cuyo país tuvo una noble labor desarrollada en la exploración del Ártico, y al que concedía con este gesto, el privilegio de estar en las inmediaciones del Polo. Peary lo que realmente hacía era cuidarse de finalizar su proyecto, las últimas etapas, con él como único hombre blanco. Peary se guardaba toda la gloria. Lo acompañaban cuatro esquimales y Mathew Henson que era negro, equivalente a no significar nada más que un criado en la Norteamérica de la época.
Henson, acompañó a Peary durante 18 años lo que significaba tener una gran experiencia. Un leal y discreto sirviente, un amigo que nunca contrariaría las palabras de su “amo”.
Amén de los peligros habituales del Ártico, el grupo avanza rápido. Robert Edwin Peary anota en su diario a los treinta y siete días después de partir con los cuatro hombres de la tribu inuit y Henson:
"Por fin el Polo. La recompensa a tres siglos de esfuerzos, mi sueño y ambición durante veintitrés años… Mío al fin”.
Estaba eufórico desde luego, pero toda esa satisfacción, esa embriaguez del éxito iba a ser perturbada por un telegrama emitido desde Copenhague cinco días antes que el suyo desde el cabo Colombia. El doctor Frederick Cook, un reputado médico que participó en varias expediciones polares, incluso acompañó a Peary al Ártico; informaba que el 21 de abril de 1908 había alcanzado el Polo Norte geográfico, prácticamente un año antes que éste. La polémica estaba servida. Se presentaron los relatos de los viajes, hubo controversias de todo tipo y ambos exploradores tuvieron sus propios defensores lo que generó una división no solo entre la comunidad exploradora. Finalmente en mayo de 1910 la Royal Geographical Society otorgaba al norteamericano su más alta distinción.




Cook siempre mantuvo que él había sido el primero: “Me he sentido muy humillado y dolido. Pero ya no importa. Me hago viejo, y lo que me importa es que creas que te dije la verdad. Declaro solemnemente que yo, Frederick Cook, descubrí el Polo Norte”. Sin embargo, a los ojos de quienes intentaron comprobar que tal afirmación era cierta, las pruebas que Cook mostraba, no concedían ningún atisbo de credibilidad. Se demostró que las fotografías aportadas por el doctor eran falsas, así como descripciones hechas sobre su marcha y regreso del Polo, sus relatos eran demasiado fantasiosos. Además, contaba con un precedente importante: En 1903 realizó su primer viaje al Monte McKinley para volver en 1906 con un numeroso grupo que se dispersó transcurridos varios meses, sin llegar a alcanzar el éxito. A su regreso proclamó haber sido el primer hombre en pisar su cima junto con Edward Barille, realizando incluso una fotografía para corroborar tal hazaña sobre un pico que distaba mucho de los 6.193 metros que marcan su cumbre conquistada en 1913 por Peter Anderson y Billy Taylor. Tal vez el doctor Frederick Cook fuese un mentiroso compulsivo capaz de vivir en su propio engaño.


Robert Edwin Peary aparece en los libros de historia como el conquistador del Polo Norte, aunque las mediciones realizadas aquel 6 de abril de 1909 para afirmar que el punto sobre el que se hallaba era el norte geográfico, fueron dudosas. Fergus Fleming y Annabel Merullo explican en un reciente libro de compilaciones con sobresalientes relatos “La mirada del explorador”, que análisis posteriores han concluido que falsificó sus cálculos y que llegó, como máximo, a 96 km del Polo, aunque añaden a su favor que el hecho de haber llegado hasta ese punto, con el equipo de la época, demuestra su valía.

Sebastián Álvaro, director del programa “Al filo de lo imposible” se hizo esta pregunta: Llegó Peary al Polo Norte? Creo que me quedo con su análisis compartindo su romanticismo.
…El problema para creer a Peary es que toda su vida fue un canalla sin escrúpulos que no se detuvo ante nada. Un tipo que se acostaba con las mujeres de los esquimales a cambio de cuchillos. Que comerciaba con los cadáveres de los esquimales, colaboradores suyos, que vendía al Museo Americano de Historia Natural… En fin: a un tipo así no se le puede creer sin más. Sobre todo cuando no hizo medidas convincentes (como luego harían Amundsen en el Polo Sur), y dejó atrás al único colaborador que podía haber servido de testigo. Y, sobre todo, no cuadran sus cifras de avance y resulta extraño que nada más dejar a los testigos molestos, se pusiera, literalmente, a volar hasta el Polo Norte. Uno, ya lo saben ustedes, es un romántico declarado y le resulta difícil aceptar que donde fracasaron el gran Fridjot Nansen y Luis de Saboya, triunfara este tipo que representa lo peor del sueño americano. Mientras no me presenten una prueba no me lo creeré.