sábado, 25 de diciembre de 2010

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Mío al fin











Nunca he tenido un balón de fútbol. De niño mi esférico era un globo terráqueo, con un interruptor y una bombillita interna, sustentado a una base por dos ejes sobre los que giraba. En él aparecían todos los lugares de la tierra. Al menos los países, los ríos y los lagos; los mares y los océanos; los desiertos y las cadenas montañosas más importantes. Algunas veces jugaba a darle vueltas, la bola giraba y yo cerraba los ojos, entonces dejaba caer un dedo y soñaba que algún día viajaría hasta ese lugar, elegido al azar, para conocerlo, explorarlo. Sin saberlo, y perdonen la comparación, hacía lo mismo que Joseph Conrad.
Cuando era un niño tenía la pasión de los mapas. Me podía pasar horas mirando América del Sur, o África, o Australia, hasta perderme en toda la grandeza de la exploración. En aquella época había muchos espacios en blanco sobre la Tierra, y cuando veía uno que tenía un aspecto especialmente tentador (y eso que todos lo tienen), lo señalaba con el dedo y musitaba: “Cuando sea mayor iré allí”.
Sin embargo el destino marcado a la suerte por mi dedo nunca se posaba en ninguno de los Polos.
Sobre esos helados ejes, la historia nos dejó a dos hombres muy diferentes, tan extremos como los puntos en sí. Los romanos que llegaron al cabo Finisterre no buscaron el Fin de la Tierra, se encontraron con él y ante aquella vastedad oceánica no pudieron imaginar más que esa revelación geográfica.
Los exploradores que se movieron y se mueven hacia las tierras polares, a los extremos verticales de este planeta o hacia cualquier paraje ignoto, acariciaban y acarician una mezcla por alcanzar la fama y esos limites de la tierra que les proporcionaba y sigue proporcionando al ser humano, el deseo inexplicable de arriesgar nuestras vidas sucumbiendo, como diría Jack London, a la llamada de lo salvaje. Una llamada a la aventura que este prolífico y visionario escritor vivió de cerca, reflejándola en su extensa obra, como el relato de una aventura real en su viaje a bordo de un velero dando el título a una narración: “El crucero del Snark”. Una idea que nació, como el mismo describe, en la piscina de Glen Ellen (California) y qué, obstinado en el proyecto y sin demasiados conocimientos de navegación, materializó junto a su mujer Charmian y un pequeño grupo de amigos surcando el Pacífico durante dos años. Tal vez este relato inspiró a Santiago Zunzundegui, un vasco que construyó su propio velero durante cuatro años para dar la vuelta al mundo con su familia. Entonces pensé que los tres acumulábamos una experiencia común aunque se entienda un poco pretencioso: un ataque masivo de insectos voladores. London de moscas en Typee (Islas Marquesas), Santiago y su familia habían sobrevivido a un enjambre de abejas asesinas a diez millas de la costa de Brasil; Andrés y yo a una multitud de mosquitos en el monte Pindo.

Robert E. Peary dio conocimiento al mundo desde el cabo Colombia, que el 6 de abril de 1909 había puesto sus pies sobre el Polo Norte geográfico. Alcanzar los 90º N se había convertido en un lento batir de marcas. Se limaron casi grado a grado, en cada una de las expediciones realizadas, hasta que una frase que se le atribuye a Peary, da por finalizada la carrera: “No es más que esto”. Leyendo esta expresión parece que ese punto tan perseguido carezca de la más mínima importancia, como si fuese absurdo llegar hasta él, algo que los hombres de ciencia decían una y otra vez: …los polos geográficos no son otra cosa que dos puntos matemáticos en el espacio, cuya conquista añadiría poco o nada al humano conocimiento. Clements Markham, presidente de la Royal Geogaphical Society hasta 1905, compartía el mismo pensamiento que muchos exploradores: “Desde que Nansen descubrió que el Polo es un mar cubierto de hielos, se estima que nada útil puede derivarse del simple hecho de alcanzarlo”. Ni tan siquiera es un trozo de tierra firme como ocurre con su opuesto Polo Sur. Un punto en el que puedas instalar algo definitivo. Los 90º N son inamovibles pero el suelo sobre el que se registran se desplaza y hoy puede ser una gruesa placa de hielo, mañana una grieta abismal o incluso, lamentablemente a cuenta del cambio climático, y de lo que realmente se trata, agua. El hielo es agua congelada.

EL GRAN CLAVO
Peary nació en 1856 y toda su vida fue un empeño por ser el primero en poner los pies sobre los 90º N. Tal vez un empeño desmedido que la historia ha revelado que realmente no había llegado hasta ellos. Fue una obstinación que le ocupó veintitrés años de su vida y ocho expediciones a los hielos y una promesa nada trivial cuando era joven:
Recuerda, madre, que debo alcanzar la fama, y que no me conformo con la idea de pasar años de trabajo anodino para hacerme un nombre a edad avanzada (…) No cesaré en mis esfuerzos hasta que mi nombre sea conocido en todo el mundo”.
Sabía que podía ser su última oportunidad y no era preciso perderse una ocasión histórica aunque quizá, lo que hizo de una manera u otra, fue llevar a cabo el epitafio escrito sobre la tumba de un incomparable explorador, Ernest Shackleton: “Yo creo que un hombre debe luchar hasta el final por aquello que más desea en la vida”.
Se añadía además una cierta presión por la carrera abierta después del periplo de Nansen, tanto en el Ártico como en el continente Antártico incluso por aire. En 1897 el sueco Salomón Agusto Andrée desapareció con su globo y dos acompañantes cuando pretendía llegar al Polo Norte; el posterior explorador del Himalaya, el príncipe Luigi Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzzos, que debido a síntomas de congelación cedió el mando a su viejo compañero de fatigas montañeras, el capitán Umberto Cagni quien llegó hasta los 86º 34` al norte de Franz Jofef Land; Robert F. Scott y el Jefe: Sir Ernest Sackleton, por citar algunos.
Peary había adquirido y aprendido sin duda, cual era la técnica y los medios adecuados para llegar hasta “El Gran Clavo”, como dicen los esquimales. Fue de éstos, de sus costumbres para soportar la vida extrema sobre los hielos árticos, de quien asimiló la mejor de las habilidades, además de la experiencia obtenida en todas sus incursiones, tanto en las tierras polares como sobre el mismo mar cuajado donde se situaba uno de los ejes de la tierra. Una masa de hielo que se desplazaba y ante la que comprendió que era necesario moverse con rapidez. Además, en sus diferentes intentos fue perfeccionando la estrategia de ir estableciendo campamentos y depósitos a lo largo de las etapas y en todo eso fue el mejor.
En una expedición de envergadura hay algo que nunca cambia: el presupuesto. Lo encontró en un acaudalado grupo de neoyorquinos que formó el “Peary Artic Club” que le brindaron su apoyo hasta el final. Con su financiación en 1904 construyó un buque que le permitiese ir más allá de la costa de la isla Ellesmere. El buque, el Roosevelt, era capitaneado por Bob Bartlett que formaría parte del último grupo de apoyo que acompañaría a Peary hasta un punto que distaba ciento treinta millas del Polo, lugar donde tendrían que darse la vuelta. En ese punto y ante el asalto definitivo, Peary quiso tener un detalle de agradecimiento con el británico, cuyo país tuvo una noble labor desarrollada en la exploración del Ártico, y al que concedía con este gesto, el privilegio de estar en las inmediaciones del Polo. Peary lo que realmente hacía era cuidarse de finalizar su proyecto, las últimas etapas, con él como único hombre blanco. Peary se guardaba toda la gloria. Lo acompañaban cuatro esquimales y Mathew Henson que era negro, equivalente a no significar nada más que un criado en la Norteamérica de la época.
Henson, acompañó a Peary durante 18 años lo que significaba tener una gran experiencia. Un leal y discreto sirviente, un amigo que nunca contrariaría las palabras de su “amo”.
Amén de los peligros habituales del Ártico, el grupo avanza rápido. Robert Edwin Peary anota en su diario a los treinta y siete días después de partir con los cuatro hombres de la tribu inuit y Henson:
"Por fin el Polo. La recompensa a tres siglos de esfuerzos, mi sueño y ambición durante veintitrés años… Mío al fin”.
Estaba eufórico desde luego, pero toda esa satisfacción, esa embriaguez del éxito iba a ser perturbada por un telegrama emitido desde Copenhague cinco días antes que el suyo desde el cabo Colombia. El doctor Frederick Cook, un reputado médico que participó en varias expediciones polares, incluso acompañó a Peary al Ártico; informaba que el 21 de abril de 1908 había alcanzado el Polo Norte geográfico, prácticamente un año antes que éste. La polémica estaba servida. Se presentaron los relatos de los viajes, hubo controversias de todo tipo y ambos exploradores tuvieron sus propios defensores lo que generó una división no solo entre la comunidad exploradora. Finalmente en mayo de 1910 la Royal Geographical Society otorgaba al norteamericano su más alta distinción.




Cook siempre mantuvo que él había sido el primero: “Me he sentido muy humillado y dolido. Pero ya no importa. Me hago viejo, y lo que me importa es que creas que te dije la verdad. Declaro solemnemente que yo, Frederick Cook, descubrí el Polo Norte”. Sin embargo, a los ojos de quienes intentaron comprobar que tal afirmación era cierta, las pruebas que Cook mostraba, no concedían ningún atisbo de credibilidad. Se demostró que las fotografías aportadas por el doctor eran falsas, así como descripciones hechas sobre su marcha y regreso del Polo, sus relatos eran demasiado fantasiosos. Además, contaba con un precedente importante: En 1903 realizó su primer viaje al Monte McKinley para volver en 1906 con un numeroso grupo que se dispersó transcurridos varios meses, sin llegar a alcanzar el éxito. A su regreso proclamó haber sido el primer hombre en pisar su cima junto con Edward Barille, realizando incluso una fotografía para corroborar tal hazaña sobre un pico que distaba mucho de los 6.193 metros que marcan su cumbre conquistada en 1913 por Peter Anderson y Billy Taylor. Tal vez el doctor Frederick Cook fuese un mentiroso compulsivo capaz de vivir en su propio engaño.


Robert Edwin Peary aparece en los libros de historia como el conquistador del Polo Norte, aunque las mediciones realizadas aquel 6 de abril de 1909 para afirmar que el punto sobre el que se hallaba era el norte geográfico, fueron dudosas. Fergus Fleming y Annabel Merullo explican en un reciente libro de compilaciones con sobresalientes relatos “La mirada del explorador”, que análisis posteriores han concluido que falsificó sus cálculos y que llegó, como máximo, a 96 km del Polo, aunque añaden a su favor que el hecho de haber llegado hasta ese punto, con el equipo de la época, demuestra su valía.

Sebastián Álvaro, director del programa “Al filo de lo imposible” se hizo esta pregunta: Llegó Peary al Polo Norte? Creo que me quedo con su análisis compartindo su romanticismo.
…El problema para creer a Peary es que toda su vida fue un canalla sin escrúpulos que no se detuvo ante nada. Un tipo que se acostaba con las mujeres de los esquimales a cambio de cuchillos. Que comerciaba con los cadáveres de los esquimales, colaboradores suyos, que vendía al Museo Americano de Historia Natural… En fin: a un tipo así no se le puede creer sin más. Sobre todo cuando no hizo medidas convincentes (como luego harían Amundsen en el Polo Sur), y dejó atrás al único colaborador que podía haber servido de testigo. Y, sobre todo, no cuadran sus cifras de avance y resulta extraño que nada más dejar a los testigos molestos, se pusiera, literalmente, a volar hasta el Polo Norte. Uno, ya lo saben ustedes, es un romántico declarado y le resulta difícil aceptar que donde fracasaron el gran Fridjot Nansen y Luis de Saboya, triunfara este tipo que representa lo peor del sueño americano. Mientras no me presenten una prueba no me lo creeré.

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